Las tres cuartas partes de mi actividad son mentales. Pienso que paso demasiado tiempo pensando. Pienso que tengo que pensar menos y hacer más. Pienso que pensar tiene su tiempo, y lo tengo que encontrar.

domingo, 30 de marzo de 2025

La Capital

No me dejan en paz. Como si no fuesen suficientes los conflictos bélicos existentes, ni los anunciados para un futuro próximo, pero cuyos bombardeos ya se oyen, y no tan lejos, cual truenos que anuncian tormentas. Pues, con esta tesitura, se le ocurre a la tropa multicity, que vayamos a conquistar la capital.  ¿Estamos locas o qué? Me ahorro la respuesta por evidente. Lo que no me ahorro es el tren, el hotel y la entrada del Rey León. Por cierto Cantos, me debes tu parte del hotel, que no se me olvide. Eah, pues a preparar la mochila de guerra. Ropa cómoda, calzado confortable, un par de bragas y, lo más importante, el taco, para pasearme por Madrid como si fuese rica, sin reparar en gasto de energía, porque ya sabéis quienes hacéis seguimiento de los viajes, que con esta tropa, 24 horas son como tres días de ejercicio físico intensivo. Bien lo sabe la Especialista, que ya ha empezado a calentar y, de paso, ha prevenido a la nueva incorporación, la Malaguita, no sea que piense que esto es un viaje de relaxing cup of coffe con leche en una plaza madrileña. No, no, no. Aquí se suda la camiseta, eso sí, con unos vinos, wine si quieres. El desayuno de Red Bull es el pistoletazo de salida de una maratón maratoniana. Más énfasis no se puede poner, que si no... Y en esta ocasión, Red bull viene con refuerzos. A esta segunda incorporación la llamaremos Quo Vadis. Ellas saben porqué, y si no, que me lo pregunten. A cambio de las dos nuevas integrantes, se nos ha dado de baja una de las mañas, a la que echaremos de menos, porque necesitamos más tiempo con ella. Tiempo de compartir ocurrencias, risas, confidencias. Tiempo de hacer familia, de crear cercanías, rodalíes o como quieras llamarlo. Compartir, compartir, con partir tenemos que nos sobra. Luego ya iremos viendo. Así que, Cármenes, Buzz lightyear, Maña, id preparándolo todo, que la capital la conquistamos sin despeinarnos. ¡¡¡Vamos!!!!! 

jueves, 5 de diciembre de 2024

Otro brindis por la Navidad

Empezaría como siempre, pero no me acuerdo. Ante la evidencia de que el pasado me queda lejos voy a optar por hacer un mensaje de futuro, incierto, por cierto.
Supongo, visto lo visto, que el próximo año, allá por septiembre, cuando pongan las luces de Navidad, para ser los primeros en esta absurda carrera sin podiums ni premios, de ganarle tiempo al tiempo y pillar mesa antes que nadie, en cualquier taberna de mala muerte, sólo para decir eso de "yo estuve allí", aunque a nadie le importe un pimiento, volveremos a encontrarnos, o eso espero, teniendo en cuenta que la bomba atómica está rompiendo aguas, y que igual existe una nueva ley de orden público que prohíbe las reuniones de malhechores, así de nuestro estilo, y tenemos que encargar un catering con nombre falso y dar cuenta del mismo en algún zulo de sierra morena, para poder tener la fiesta en paz.
Hasta que llegue ese momento, septiembre, tenemos por delante algunos meses que, a este ritmo vienen a ser un par de semanas. ¿Qué malo nos puede ocurrir? Nada que a estas alturas no podamos superar. Centrémonos en el trabajo que ya en las vidas personales cada uno de las apañe como pueda. Debemos empezar por la afortunada Juana, que ya pasó a mejor vida, la de jubilada a tiempo completo. Un brindis por Juana. Se la ve bien, así que nada que temerle a la jubilación, salvo que se la estamos pagando nosotros, sin saber si habrá alguien para pagar las nuestras. Seamos realistas, quizás nos queden para jubilarnos más años de los que pensamos, porque mantener a la horda, cada vez más grande e inútil de políticos que puebla este país, más ocupados en quitarse la mierda de encima que limpiar los barros de Valencia, nos cuesta un pastón. Y ya sabemos por larga experiencia, que los empleados públicos, a los que hace años dejaron de subirles el sueldo, somos los pagafantas de todas sus fiestas.
Veo negro el futuro, y eso que llevo gafas moradas. Sí, esas que te amargan la vida mires adonde mires. Un brindis por la oscuridad. 
Podemos seguir con Francis, nuestro macgiver particular. Igual te monta un escenario, con luces y sonido, que, ¡no te lo pierdas!, te lo desmonta. Flipante. Parco en quejas, más resistente que el duralex. Cuando se siente un poco quemado, los demás ya hemos ardido como hoguera de San Juan. Me encantaría saber su secreto, ese que le mantiene inalterable, aunque caigan chuzos de punta, siempre amable, y con muy buen humor. Persona muy cómoda, la puedes llevar donde quieras, por ejemplo, aquí. Es como de otro mundo, el de los súper poderes. Un brindis por este súper héroe camuflado. Sorprende que comparta horóscopo con Sandra, la benjamina, la turista accidental, desbordada por la pésima organización del universo. A ver, ¿quién ha colocado ahí la osa menor, coño?. Es que nadie se da cuenta que si viene un forastero al pueblo y le doy el único mapa que me queda, cuando mire las estrellas se va a creer que está en otra galaxia, porque no coinciden las cosas. Y eso es otra, hace 20 años que no se hacen mapas, y es que todo se lo gastan en gilipolleces, que no saben hacer la O con un canuto la gentuza esta. Qué harta estoy por dios y por la virgen, y el niño Jesús que ha nacido en el Belén de Miragenil. Bueno, ese otro que también da por saco, pero vamos a dejarlo, que me voy a poner mala, que lo estoy viendo venir. A ver qué trabajo cuesta pensar un poquito,  que no estoy pidiendo nada del otro jueves, sólo un poco de sentido común, una mijilla nada más. Mira, lo tengo claro, me cojo unos días, me voy a Australia y, vete tú a saber, igual, con suerte, ni vuelvo. Hombre ya.
Arrecógete mari y vamos a tomar algo, que eso se te pasa a ti en ná. Venga, un brindis por los canguros australianos. 
Ahora voy con mi equipo. Por cierto ¿y Gloria? ¿Ha venido? Ah, sí, ahí está. Chica es que como estás en la planta noble ni te veo. Gloria habita, como digo, la planta noble, dotada con moderno, por los cojones, hilo musical con encendido y apagado programado, que nadie puede controlar. El hilo cuenta con una lista de reproducción de lo más esperpéntico que nadie pueda imaginar. Desde el do,do,do,re,re, re mi, mi, mi, mi, mi,.... En escala ascendente y descendente en bucle interminable e insoportable, que convierte los momentos de íntima reflexión en tragicomedias de cámara oculta que te deja así, mira. Pero ella, lejos de crisparse, respira hondo y hace como que eso no está pasando, y si pasa, es pasable, y qué le vamos a hacer, la vida es así, no la he inventado yooooo. Me resulta imposible imaginarla en un estallido de ira, gritando como un trombón desafinado, que alza su voz por encima del piano, la batería y el do re mi, diciendo ¡que te vayas con la música a otra parte! Noooo. 
Luego está Paqui, y sus muñecos. Lo digo porque cambia de cara y de voz según las circunstancias. Teléfono en ristre, volumen bajo, está cotilleando. Volumen bajo, sin teléfono, uf, vete tú a saber lo que está haciendo. Tiene un muñeco para cada circunstancia. Usuario pesado, muñeco paciencia, jefa cabreada, muñeco mudo, conflictos laborales, muñeco enfadado. Resto del tiempo, muñeco alerta. No se le escapa ni una chiquilla. Perfecta contable, cuadra las cuentas como nadie y siempre dispuesta para lo que necesites. Incluso podríamos decir que es creadora de contenidos. Tú no sabes que necesitas algo, hasta que ella te lo dice. También psicoanaliza de forma que, ella ya sabe que dentro de 2 minutos no te vas a acordar de lo que te ha recordado, y, oportunamente, te lo requeterecuerda las veces que haga falta. Pues menos mal. Que Dios le conserve paciencia. Un brindis por Paqui. Y otro por sus muñecos. 
Feli, uhuhuhuh, es la señal de que te toca. Está instalada en una realidad paralela. Un mundo fantástico, donde casi todo el mundo es bueno y va todo Genial. En verdad creo que es pianista frustrada. Por eso, cuando llega por las mañanas, abre su ordenador, se frota las manos y en mitad del silencio, se marca una pieza en su teclado informático, de ritmo frenético y alocado, que dices, Dios, si Vivaldi levantará la cabeza, borraría la primavera y se quedaría con tres estaciones. Total, con tanta prisa como llevamos y el cambio climático en todo su esplendor, con dos estaciones nos apañamos de sobra. Finalizada la obertura en sol mayor, se asoma desde su realidad a la nuestra para comprobar, con pesar, que el mundo huele fatal, que la vieja del visillo existe y la gente miente sin parar. Y se vuelve a evaporar. Ahí se queda, dentro de su burbuja Art déco, maldiciendo el minimalismo y pensando en los adornos de Navidad. Oye, que los problemas vienen solos y como vienen se van. Y hace una especie de tirabuzón con la pierna, que es una peineta disfrazada. Y tan pancha. Cada año le pide a los Reyes Magos un despacho. Nada, carbón. Un brindis por Melchor. 
Tenemos chica nueva en la oficina. Ni se llama Farala ni es divina. Se llama M. Carmen y es humana. En verdad, en ella nada es lo que parece. Con apariencia de Santa tirando a Virgen Macarena,  M. Carmen, alias Perea, es una fusión de zipi y zape, con Bart Simpson, que igual te gasta una broma por teléfono, que te deja encerrada en el baño, que te mete un susto al salir del ascensor... O bien se disfraza de prima hermana ideal, que te canta en la boda de tu hija, que te anima la barbacoa del domingo o cualquier fiesta de guardar. Y todo eso con cara de no haber roto un plato en su vida. Eso para quien no la conoce, claro. Para quienes ya la tenemos calada, nos toca salir con precaución del ascensor y no darle nunca la espalda, por si acaso. Mejor verla venir. Buen fichaje. Era, sin duda, lo que nos faltaba. Un brindis por la Perea. 
Y con esto me despido hasta el mes que viene. Que Dios nos ampare. Feliz San Valentín gente. 




Por el camino yo me entretengo

Si crees que conoces a tus hermanos, vete a hacer el camino de Santiago con ellos. En menos de una jornada comprobarás que, efectivamente, los conoces como si los hubieras parido. Ojo, ellos a ti también.
Como somos personas muy ocupadas decidimos hacer la mitad del camino. Luego, ya si eso, haremos la otra mitad, en otro momento.
El camino nos ha servido para comprobar con asombro, que estamos en mejor forma de lo que pensamos. Salvo un par de roces en la última jornada, y aclaro, en los pies, todo fue bastante bien.
La organización del viaje fue lo más complicado, porque decidir el medio de transporte hasta el  punto de partida, generó más de un debate, de esos que te acercan al precipicio de la rendición. Ni que fuésemos a la luna, oye. Finalmente conseguimos cuadrar todo y no nos hizo falta cohete.
La lluvia nos recibió para situarnos geográficamente, pero teniendo en cuenta que uno de mis hermanos lleva la virgen a cuscurumillos, otro está en plena conexión con su poder superior y otra es más optimista que un girasol en un día nublado, la lluvia sólo duró un rato y no volvió a aparecer. Nuestro anfitrión nos recogió en el aeropuerto, nos llevó al alojamiento, más tarde nos acercó a Pontevedra y ya por la mañana, después de un maravilloso desayuno y contarnos su vida, nos acercó al punto de partida. Pero necesitábamos dejar el equipaje en la oficina de correos antes de  empezar. Otra vez la suerte de mis tres amuletos hizo su magia y justo un minuto antes de que el furgón saliera pitando, conseguimos llegar y dejar nuestras maletas. Menos mal, porque 22 kilómetros con mochila se pueden hacer, pero con maletas, por pequeñas que sean, como que no.
Durante la primera etapa, encontramos a unas hermanas gallegas que también hacían el camino. No nos hermanamos con ellas, porque eso ya sería como fundar una colonia, pero nos las volvimos a encontrar en los dos días siguientes. Era lo normal, íbamos al mismo sitio.

Primer destino, Caldas de Rei. Entrando en la ciudad pasamos por un famoso restaurante donde había más cola que en el paro. Uno de mis hermanos decidió que debíamos comer allí y nos puso en modo pause. Todos, menos él, sabíamos que aquello era inviable. Pero él y su virgen a cuscurumillos, insistieron. No hubo suerte en ese momento, pero reservamos para la noche sin problemas. Es que una cosa es la suerte y otra un milagro. En el restaurante nos atendió una chica que por el acento no era de Granada, pero por la mala follá que tenía, lo parecía.
Mi hermano, el de la virgen a cuscurumillos, es interactuador por excelencia. Su alma le pide ir gastando bromas allá por donde vaya. Pero, a veces, lleva su ironía a límites insospechados. Al ver el talante de la camarera nos temimos lo peor, que le soltara una de sus gracias y la mujer no lo entendiera. Pues lo hizo, pero de tal manera que, como suele ocurrir, se metió a la chica en el bolsillo. Y eso, eso sí que fue más milagro que suerte. Conseguimos tener la cena en paz y al final, la chica, que pensó que debíamos ser los únicos del bar que la entendíamos, nos confesó que estaba cabreada porque en una mesa le habían dicho que era muy antipática. Nos dio hasta pena y no le dijimos que el cabreo lo traía ella de su casa, si no, desde su nacimiento. Y que antipática era hasta decir basta. 
Desde que llegamos hasta la cena en este lugar ocurrió lo siguiente: Caldas de Rei es una localidad conocida por sus aguas termales. Eso no tiene nada que ver con un río, en cuya orilla nos paramos a tomar un café. Pero a mis hermanos eso les dio igual. Se bajaron al río a meter sus pies. Yo no tuve valor. Me quedé allí plantada, haciendo guardia por si algún vecino de la zona llamaba a la policía y había que salir pitando. Que va, entre la virgen a cuscurumillos, el poder superior y el optimismo del girasol, allí estuvieron hasta que los dedos de los pies se le pusieron como garbanzos, y sin rastro alguno de alarma. 
Y no tuvieron bastante con eso que, más tarde, encontraron un par de fuentes pequeñas, donde ponía claramente que una tenía agua caliente y que se prohibía el baño, que por otra parte era imposible por las reducidas dimensiones de la fuentes. Ya sabéis que eso a mis hermanos les importa un pepino. Y metieron sus pies. No sé de dónde les viene esa manía de remojar los pinreles en cualquier charco. 
Pues no os lo perdáis. No acaba ahí la cosa. Después de la cena, seguimos paseando, como si fuese necesario cargar la batería de los piernas, y llegamos a una especie de alberca, también de agua caliente, que estaba ocupada por un grupo de personas. Mis dos hermanos decidieron que donde caben seis, caben ocho y en menos de dos segundos ya se habían metido. La girasol y yo no dábamos crédito a esta nueva afición náutica. Fue entonces y no antes, cuando los reconvertidos boquerones advirtieron, a pesar de la penumbra, que el resto del personal estaba en pelota picada. Y salieron rápido de allí. Y a dormir.
 
Segunda etapa. Cómo en el día anterior, hicimos el camino dos delante y dos detrás. Puro civismo, para dejar que nos adelantaran los más rápidos. Y eso que llevábamos un buen ritmo. Disfrutando del paisaje y recogiendo sellos por el camino, llegamos a Padrón. Bonita ciudad. Reventados nos sentamos a la puerta del alojamiento, en una pequeña placita, a tomar un refrigerio. Apareció por una esquina una señora que apenas podía andar. Mi hermano, el interactuador, la observó con  atención y se dio cuenta que se dirigía a un albergue que había detrás de la plaza. Pero la señora iba despistada y pensó que iba a dar más vueltas de lo necesario. Ni corto ni perezoso se levantó para advertirla, con tan mala suerte que las piernas le flaquearon y la imagen fue tremenda. Parecía que la imitaba andando, lo que provocó nuestras insensatas risas. La intención era buena, que al final es lo que cuenta, pero sabiendo como las gasta, pareció una de sus bromas. En cualquier caso, porque yo sigo sin tener claro si fue queriendo o sin querer, la mujer se lo agradeció.
No hay manera de descansar con esta gente. Todo el día para arriba y para abajo, de acá para allá, que parece que nos vamos a perder algo. Madre mía. Así pasamos otra tarde, desaprovechando el pedazo de duplex que nos buscó la optimista, como si en lugar de haber caminado más de 20 kilómetros, vinieramos de dar la vuelta a la manzana. Ahora, eso sí, entre tanto ir y venir, nos trajimos nuestra correspondiente PEDRONÍA, que a falta de Compostela daba el apaño. Allí volvimos a encontrar a las gallegas y también a unas amigas sevillanas que conocimos en la inútil cola del restaurante donde fuimos a cenar la noche anterior, para consuelo de la extraña camarera.
Última etapa. La más larga. 25 kilómetros más o menos. Salimos de noche. La sorpresa fue la cantidad de gente que tuvo la misma idea. Aquello parecía la procesión del silencio. Poco a poco fue amaneciendo, y fue precioso. Etapa dura, especialmente el último tramo, ese que va desde que sabes que estás en Santiago, hasta que llegas a la Catedral. Atravesamos las bulliciosas calles aledañas, hasta llegar a la plaza del Obradoiro con la sensación de "misión cumplida". Creo que la alegría de llegar estaba empañada por la rápida despedida del hermano menor, que tenía el viaje de vuelta tan pronto, que casi no nos da tiempo a hacernos la foto de rigor. Eso fue un poco corta rollos. Al resto nos quedaba toda la jornada por delante. Intentamos sin éxito, abrazar al patrón, porque había una cola tan grande como el hambre que teníamos. Así que decidimos comer primero y hacer cola después.
Finalmente, tras el correspondiente tiempo de espera, llegamos a la escalinata que lleva al patrón. Yo iba primera, después la girasol y por último el de la virgen a cuscurumillos, que portaba su móvil para inmortalizar el momento. Tan entretenido estaba inmortalizando el momento, que no se dio cuenta que había una señora vigilando que nadie incumpliera la prohibición de hacer fotos. ¿Y qué pasó? Efectivamente. La señora se dirigió al infractor diciéndole "ni fotos ni videos" Y él, aprovechando que es rubio y lleva el uniforme universal del camino, de forma que nadie podía averiguar su procedencia, salvo por su acento, le contestó "Sorry". De esta secuencia nos dimos cuenta varios días después, viendo los videos prohibidos que grabó. Que risa, por favor. Salimos de allí y nos fuimos al monasterio de San Martín Pinario, a tomar un café y descansar, como si eso fuese posible con esta gente. El camarero del monasterio se encontraba haciendo caja, todo concentrado con sus monedas, y hasta le sentó mal que hiciéramos nuestro pedido. ¿Por casualidad los habitantes de Galicia vienen de la antigua civilización granadina? No sé, lo digo porque hay extrañas coincidencias. En esas cábalas andábamos cuando el interactuador se acercó al camarero y le preguntó ¿tú te llamas Santiago? Voy a seguir en lenguaje audio descrito. Breve silencio. El camarero gira la vista a mi hermano y contesta, Sí. La girasol y yo empezamos a notar los síntomas de un infarto. El interactuador continua su conversación explicando: Es que me han dicho que cuando llegara a esta ciudad, tenía que darle un abrazo a Santiago. Breve silencio otra vez. El camarero sale de la barra y abraza a mi hermano. ¡Joder! No me digáis que no es increíble. La girasol y yo salimos de nuestros escondites mentales, aún con cara de asombro y allí mismo, en ese instante, nos convertimos en fervientes devotas de la virgen de los cuscurumillos. Ese camarero volvió a su tarea, mientras continuaba una absurda conversación con mi hermano, compitiendo sobre quién estaba más cansado. Y para demostrarle que no se lo había ganado con aquella fabulosa ocurrencia, nos trajo a la girasol y a mí una chocolatina, diciéndole a él, a ti no te traigo nada. A esas alturas mi hermano ya sabía que se había llevado el premio gordo, así que sonrió satisfecho y a otra cosa, mariposa.
El resto del día transcurrió como siempre, de arriba a abajo, de acá para allá, hasta llegar al aeropuerto. Cuando ya parecía que todo estaba en orden, decidimos tomar algo porque el almuerzo ya no era ni un recuerdo y aún nos quedaba un vuelo y hora y media de carretera.
El interactuador fue a hacer el pedido. Cuando vio los desorbitados precios, más propios de una tasca neoyorquina, que de un aeropuerto español, no lo dudó, y aprovechando su éxito del café, y confiado en su virgen a cuscurumillos, preguntó a las chicas que atendían si no tenían algún tipo de oferta, tipo 3X2, o algo así, o si podía pagar con la tarjeta del gimnasio. Como siempre, arrancó la risas del personal y, por supuesto las nuestras.
Fin de la historia. 

jueves, 14 de marzo de 2024

La conquista de Granada. Capítulo I.

Llegó la lluvia a Granada. Una barbaridad de lluvia. Y se celebra tanto la llegada del agua celestial, que allá se fue la tropa a calarse hasta los huesos. 
La salida fue de película de agente 007. Cada equipo sale de un lugar diferente para reunirnos en un punto geográfico determinado. Todos los equipos con sus coordenadas y los selfies por contraseña. Una vez estemos en el destino previsto nos reuniremos en una habitación del hotel elegido, mirando antes a ambos lados del pasillo para no ser descubiertas, sacaremos los teléfonos móviles a modo de mapa, para ir trazando el plan. Llamaremos a Glovo para comer algo. Y eso. Mañana por la mañana desayunaremos como unas turistas cualesquiera, sin que nadie sospeche la verdadera razón de nuestro viaje. Y a la hora prevista, como quien no quiere la cosa, llegaremos de una en una, al recinto fortificado llamado por el populacho La Alhambra. Allí nos mezclaremos con los guiris, que no se note nada, e iremos avanzando lenta y disimuladamente hasta nuestro objetivo. Recordad que la tropa aragonesa llegará en el último momento, consiguiendo así un efecto inesperado. La tropa aragonesa se unirá también al resto de equipos, de la misma manera, paso a paso, de guiri a guiri y tiro porque me toca. Llegaremos a una zona llamada patio de los leones. Allí no nos detendremos mucho. Un par de fotos y punto. Todas atentas al cronómetro. Cuando lleguemos a la zona conocida como los palacios nazaríes, ahí, justo ahí, nos detendremos. Miraremos alrededor con disimulo, y en cuanto los guiris estén distraídos, nos pondremos en primera fila. Ya queda menos. La idea es salir de allí antes que nadie. Si alguien se queda rezagado, el resto tiene instrucciones de continuar sin mirar atrás.
La noche anterior, en el hotel, habremos fijado el punto exacto al que hay que llegar al salir del recinto amurallado.
Cada equipo habrá memorizado las coordenadas y latitudes exactas. Iremos llegando como podamos, pero lo más rápido posible.
No podemos olvidar tampoco que la noche anterior, en esa habitación de hotel, tantas veces mencionada, se habrá decidido otra cuestión de máxima importancia: quién portará el arma secreta durante todo el recorrido. Debe ser persona especialmente cuidadosa por la fragilidad del arma a la que llamaremos, para despistar, El Bote.
Pues bien, llegados todos los equipos  a ese último punto del trayecto, la persona elegida tendrá que cumplir escrupulosamente el mandato principal. Esa orden será la que culmine el trabajo que hemos venido a hacer. A la hora fijada, la sargento dirá las palabras CLAVES en el siguiente orden: CUATRO ESTRELLAS GALICIAS, DOS COCACOLAS Y UN AQUARIUS DE NARANJA.
Misión cumplida. 

martes, 29 de agosto de 2023

Tan cerca, tan lejos

(advertencia: historia basada en hechos reales. Se han cambiado los nombres de los protagonistas para preservar su intimidad. No se han introducido escenas ni elementos para la dramatización y, por consiguiente, cualquier parecido con la realidad no es pura casualidad)

Si de hacer kilómetros se trata, the winner is...
Verano de 2023, Jane y Michael a la caza del espeto. Plan perfecto. O eso parecía. Lo primero era reservar en algún lugar especializado en sardinas, claro, y ahí comienza la aventura. Como en una carrera de relevos, empezó la tarea Michael y la acabó Jane que encontró el sitio perfecto. Pero, como el mundo entero está ya reservado para varios años, tuvieron que coger el segundo turno de comida, a partir de las 15,30. Bueno, pensó Michael, no está mal, así hay tiempo para hacer el trayecto con tranquilidad. Pero ¿cuál fue el problema? La prima de Málaga. Había que recogerla, y así se hizo. Y la prima iba acompañada de su marido, que solícito se prestó a conducir porque, se supone, conocía mejor el camino. Quizás olvidaron el pequeño detalle de recordarle que iban a comer espetos. Lo digo, porque este hombre se hizo un tour por carreteras malagueñas, sin ton ni son, de manera que cuando ya eran las cuatro de la tarde, sin atisbo alguno en el horizonte de sardinas ni nada que se le pareciera, con los estómagos tocando las castañuelas, Jane se plantó y le pidió "amablemente" al conductor que pasara al asiento de atrás, que ya ella se hacía cargo de "reconducir" la situación. Y así fue. Y llegaron a su destino a las cinco de la tarde, que eso debía ser como el cuarto turno de comidas. Su suerte fue que la cocina seguía abierta y aún quedaban sardinas. Comieron espetos por fin, para arreglar el día, y esas sardinas fueron ya las últimas del verano, otoño, invierno y primavera, hasta que se borre el recuerdo de la odisea, o sea, lo que viene siendo un par de semanas mal contadas. Y volvieron a Málaga, a dejar en su casa a la prima y a su marido. Y hora y media después llegaron a casa destrozados, como si en un arranque de locura juvenil hubieron decidido ir a desayunar a Valladolid. Ahora, cuando salen a cenar se piden cachopo. Que nada les recuerde ni a los espetos, ni a la prima de Málaga, que es la auténtica prima de riesgo y no la de la eurozona.
Así que ya sabéis, si no queréis comer cachopo, no olvidéis quedar con la prima de Málaga en el bar reservado, y que ella llegue cuando pueda. 

viernes, 14 de abril de 2023

Aquel viaje. Capítulo 3. Última etapa

Se queja alguna de la panda de que me he saltado muchas cosas. Ha sido queriendo. Es imposible relatar la cantidad de anécdotas que acumulamos en 24 horas. Pero intentaré en esta última etapa extenderme un poco más. Aviso para quien quiera retirarse ahora de la lectura. Estáis a tiempo. 
Amaneció como siempre. A la porra tanta poesía con los amaneceres. El despertador  sonó justo cuando estaba pillando el sueño. La Cantos se quedó flipada cuando lo apagué y me levanté. Preguntó ¿tú siempre te levantas así? Me miré de arriba a abajo. Mentira, me miré de cuello para abajo, que no soy tan flexible, y pensé, claro, tendré los pelos tiesos. Y le dije, sí, ¿por qué? Y contesta, vaya, yo cuando suena el despertador lo apago y me quedo un rato en la cama. Aquella frase retumba en mi cabeza todavía. Pero vamos a ver, entonces pon el despertador más tarde, ¿no? Es que si no, eso es como una autotortura. La cama te atrapa. Hay que salir corriendo de allí. Bueno, así nos quedamos, pensando cada una en las rarezas de la otra. 
La Maña vendría temprano a recogernos y teníamos que desayunar, porque con el tute que nos esperaba, no era cosa de desmayarse en mitad de la función. 
Las primeras en aparecer en el comedor fuimos la Cantos y yo. No es por nada pero, en verdad, esto fue así por mi buena costumbre de saltar de la cama. Ahí lo dejo. Desayunamos normal, creo yo. Digo esto porque aparecieron las catalanas y si os cuento lo que desayunó Redbull, os van a dar ardores. Creo que tuvieron que reponer las vitrinas. No digo más. Ahora me explico que tenga tanta energía la colega, que va pegando brincos por el mundo como si viniera de dormir nueve horas. Todo lo hace con ritmo, mucho ritmo, ritmo muy rápido, ritmo enérgico. Tú ya me entiendes.
El tandem de las catalanas es de lo más curioso. Buzz Lightyear es la extraña calma en mitad de un huracán. Ella está en su mundo, con sus amistades invisibles, pero también en el nuestro, en un extraño desdoble de tambor... o era redoble, bueno, da igual, que quiero decir que está aquí y allá. Pero oye que se pone Redbull a bailar y le sigue el rollo de una manera tan natural, que acabas pensando "esto lo tienen ensayado". Estas tienen más fiestas en lo alto que Froilán en la calle Serrano. Son unas auténticas cracks que yo metería en nómina para cualquier fiestuki, y te bailan hasta los camareros. Las adoro. 
Por su parte las Cármenes iban completamente a su bola. Otra muestra de compenetración. Ellas llevaban como un viaje paralelo, con otro tempo, con pausas, sin prisas, pero disfrutando a tope de todo. Estar estaban, venir venían, pero de pronto, sin darte cuenta, iban y desaparecían, para al momento volver a aparecer. Me gusta rimar. Mucho más que remar, donde va a parar. 
Y luego estaba la Especialista, con su particular sentido del humor, que yo calificaría como "humor imprescindible". Si no está, no es lo mismo. Tú ya me entiendes. Tiene ocurrencias de todo tipo. Todavía no me explico como consiguió convencernos de coger el metro, para bajarnos en la primera parada. Vamos a ver, que no me dio tiempo ni a pillar un cacho de barra donde agarrarme, que es que casi no terminamos de subirnos cuando llegamos al destino. Pero oye, que se empeñó y se salió con la suya. La Especialista no solo se ríe de su sombra, sino que se ríe de la tuya también. Se ríe ella y toda persona que se encuentre en su radio de acción. Así ocurrió con la vecina de asiento de tren, que cuando ya llevábamos más de medio viaje, no pudo aguantarse más la risa con las ocurrencias de la Especialista y, claro, la dejamos compartir con nosotras. Habrá algo mejor que compartir risas. Pero no contenta con eso, va y repite operación con el vecino de mesa del restaurante donde hicimos el último almuerzo. Por favor, ese hombre se lo pasó mejor ese día, que cuando hizo la primera comunión. Sin disimulo alguno, estaba completamente metido en la escena familiar, como si de una obra de teatro se tratara. Ay, que risa madre. 
Podría contar cosas durante una semana. Pero me pilla ocupada. 
Maña, has sido una perfecta anfitriona. Tu completo y magnífico planning nos ha dejado tan asombradas como destrozadas. Sé que has disfrutado con nosotras, tanto como nosotras contigo. De este viaje hemos vuelto con nuestros corazones más llenos. Te agradezco infinito tu disposición en un momento tan complicado para ti. Espero que te hayamos compensado. 
Todas tenemos claro que este viaje ha creado una alianza eterna.
La despedida fue la menos triste que he tenido en mi vida. Y espero con ilusión el próximo encuentro. 

 

martes, 11 de abril de 2023

Aquel viaje. Capítulo 2. La llegada


El viaje fue tan rápido como intenso. Empezó con una jota que se marcó La Cantos en la estación de Córdoba, y que remató con otra en la estación de Zaragoza. De jota a jota y tiro porque me toca. 
Durante el trayecto todo fue bien. Y eso que el revisor del tren nos regañó dos veces. La primera con cierta condescendencia, totalmente fingida. La segunda con manifiesto cabreo. El motivo, en ambos casos, fue que nos sentamos en la fila anterior a la que nos correspondía, y según este hombre, eso no podía ser porque los asientos eran nomimativos. Siete vueltas les dimos buscando nuestros nombres y, a Dios pongo por testigo, que no los encontramos. Y eso que La Cantos se tiró al suelo por si los habían escrito debajo del asiento, y ya de paso, buscó el enchufe para cargar el móvil. Aún estoy dándole vueltas a cómo consiguió encajarse de rodillas en ese reducido espacio. Y más vueltas aún, a cómo consiguió salir de allí, sin un rasguño. Eso sí, el enchufe lo encontró. 
Las Cármenes, que venían en el mismo tren, pero en distinto vagón, no dieron ni un ruido. Y es raro, porque Carmen madre es de las que las mata callando. ¡Ahhh claro! Pues eso, ni un ruido. 
Y llegamos al destino. Salimos del tren corriendo, empujadas por las ganas de ver al resto de la panda, La Maña, Redbull y Buzz Ligthyear, habían llegado unas horas antes. Y os digo una cosa, que para llevar allí tanto tiempo, ya podían haberse acercado más a las vías, que casi se nos acaba la estación y no aparecían por ningún lado las jodidas. Osú, lo que es darle emoción al encuentro. Finalmente aparecieron y fue bonito, muy bonito. 
Y allí mismo, tras los abrazos, La Maña sacó la agenda de actividades y nos dijo ¡al ataque!. Cargamos las armas, digo, las mochilas, y a partir de ahí, un no parar oye. 

A eso de las 10 de la noche, reventadas de pies y manos, con las calles hirviendo de gente, aterrizó en mitad de la cena El Maño y nos arrastró sin piedad y, también hay que decirlo, sin que opusiéramos resistencia alguna, hasta un garito abarrotado de gente joven, que bailaba reggaeton como si fuesen las 10 de la mañana. 
Imagino a Carmen hija, con sus 16 años recién estrenados, pensando que sus tías eran unas viejas locas, con más pilas que el conejo de duracell, y que si contaba a sus amigas lo que le estaba pasando, seguro que no la creerían. Pesadillas tendrá desde el viaje, soñando que llega esa panda de cincuentonas desmadradas diciendo, ¡¡ vengaaa, a bailar!! Y ella llama a Carmen madre para que la auxilie, y su madre viene bailando y cantando. Y entonces se despierta de golpe y suspira. 
 Bueno, bueno, bueno, no os podéis ni imaginar a Redbull encaramada en la barandilla de los servicios, desde donde empezó a jalearnos. Y nosotras, por supuesto, le seguimos el rollo como si fuésemos las alumnas aplicadas de su gimnasio. Arriba, abajo, a derecha, a izquierda, paso atrás, media vuelta y otra ronda más. Y no contenta con eso, bajó y enganchó a las componentes de una despedida de soltera, y se puso a hacer el trenecito con ellas. Lloro de risa cada vez que me acuerdo. 
En el bar trabajaba el hijo del Maño. Espero que siga conservando su puesto después de nuestro paso por allí. 
Y el sueño no nos venció. Fue la Maña recordándonos que a la mañana siguiente, bien temprano, vendría a recogernos porque aún nos quedaban un montón de cosas por hacer. 
Y dormimos corriendo. 







viernes, 17 de marzo de 2023

Aquel viaje. Capítulo 1. La tropa aragonesa.

Empezaré presentando a las protagonistas de esta historia. Lo haré usando sus nombres artísticos, con la certeza de que cada una de ellas se verá identificada rápidamente.
La Cantos. Ella es la promotora del viaje, la ideóloga, la que consiguió que aquello se hiciera realidad, ¡pero sin despeinarse oye!, que lo único que hizo fue arrancar el motor. 
Las Cármenes. Madre e hija. Dos gotas de agua con 40 años de diferencia. Carmen madre, que es la madre de todas las madres, fan del término familia en su sentido más amplio, estaba junto a la Cantos en el minuto cero de esta historia. Y no dijo ni pío la gachona. Lo que viene siendo un "silencio cómplice". 
Carmen hija se vio metida en la aventura sin comerlo ni beberlo, por obra y gracia de su santa madre. Amén. Pero, como buena heredera de la querencia familiar, recibió la invitación con bastante entusiasmo. 
Las catalanas. Menudo par de hermanas. Total compenetración a pesar de sus diferencias. Una, llamémosla Redbull, así todo junto y por lo de las alas, tiene tanta energía que se apuntó antes de que se abriera la lista. Un rayo, nena. 
La otra, llamémosla Buzz Lightyear, por esto de "hasta el infinito y más allá", también fue rápida en incorporarse. Ella y todas sus amistades invisibles. Un pandillón, vaya. 
Seguimos con La Especialista. Tiene unas ocurrencias fantásticas y gran sentido del humor. Cuenta además con una habilidad natural para encargar la ejecución de sus mejores ideas a cualquiera que se ponga a tiro. Y lo hace con tanta gracia, que picas. 
Ya estaba completo el catálogo, hasta que se decidió el destino. Zaragoza. No era un punto intermedio geográficamente hablando, pero sí en dimensión temporal. Así que, ¡adjudicado!. 
Bien, pues establecido el cuartel general, se acordó nombrar a la capitana de la tropa aragonesa. La Maña. Todo el mundo lo sabe, "más vale maña que fuerza". Ya te lo digo yo. Es una auténtica travel planner. Madre del amor hermoso. Nos llevó con la lengua fuera desde que nos bajamos del tren hasta que nos volvimos a subir. Un no parar de esos que cuando te sientas dices, ¿pero qué es lo que me ha pasado? Y luego repasas y te parece imposible que en tiempo record hayamos visto tantas cosas, comido, bebido, hablado, reído, llorado, andado, bailado e, incluso, dormido. No se puede estirar mejor el tiempo, oiga. 

Aquí acaban las presentaciones y... Ah no, que falto yo, La Narradora. Luego ya, si eso, hablamos de mí. 
Ahora si, terminadas las presentaciones, vamos al lío. 



sábado, 7 de septiembre de 2019

Murcia, país tropical.

Sobre las 11,30 de la mañana vimos unas torres a lo lejos. Nena, eso es Santiago. La mezcla de ilusión e impaciencia te da impulso en las piernas, ya te lo digo yo. Esos últimos kilómetros íbamos a toda leche. Ya dentro de la ciudad empezamos a oír un murmullo cada vez más fuerte. Miramos atrás y vimos un grupo de personas hablando tan alto y corriendo tanto que en lugar de a la plaza del Obradoiro parecía que iban a la guerra misma. Palos en ristre, zancadas de olimpiadas y voces de coro de verbena cantando Paquito el chocolatero. Me entró miedo. Apretamos el paso intentando recobrar el silencioso sonido del camino. Esa quietud que te permite ir pensando en tus cosas con serenidad, como si tuvieras todo el tiempo del mundo para ello. Y así, intentando recobrar la paz, llegamos a un semáforo en rojo. Noooooo, por favor que cambie ya, que cambie ya, que cambie ya. Diez veces me dio tiempo a decirlo antes que la horda llegara al puto semáforo, que seguía rojo, esperándoles. Nos rodearon dando voces sobre las flechas del camino, que yo con mis propias manos, redundantemente, les habría clavado en toda la frente. Y como por arte de magia, tan mala como la magia Borrás, el semáforo cambió y el grupo nos engulló como un huracán tropical, nos rebasó y nos hizo pararnos para dejar la distancia de seguridad precisa para no liarnos a tortas. Ufff, que cabreo me entró. Mientras andaba tras ell@s  y tras sus bocinazos, advirtiendo que aquella gente era de Murcia, por esa forma de hablar que no hay quien entienda, nos fuimos acercando al destino final. El grupo marciano de Murcia iba encabezado por una chica rubia, de pelo ensortijado, con una camiseta verde fosforescente y un pantalón rojo. Sí, lo sé, mezcla de colores complicada. Esa mujer caminaba como poseída por un espíritu infernal que la hacía gritar y correr, dando golpes con su palo por las preciosas calles empedradas de Santiago, que parecía ella sola una procesión de bastoneros de Cadiz, a tope de revoluciones. Esto ya iba anunciando un final con sorpresa. Y así fue. El ansia viva que esa mujer llevaba en su cuerpo le impidió, supongo yo, cumplir el ritual que traía pensado desde su casa, y justo antes, pero justo un milímetro antes, de pisar la plaza, cayó de rodillas levantando su palo con las dos manos en señal de ofrenda. Qué espectáculo. El grupo que la seguía, desconcertado, frenó en seco. Paralizados, contemplaron aquella escena, mirando al cielo por si es que el mismo apóstol Santiago había salido de su garita para aparecerse a esa fan enloquecida y regalarle su último trabajo musical con la banda de gaiteros de la diputación. Madre del amor hermoso. La que se podía haber liado allí con la de gente que llegábamos en ese momento y esa mujer colapsando la estrecha entrada a la ancha plaza. Mujer, no podías haber montado tu número unos metros más adelante? Pues no pudo. Y ahí vino nuestro momento. Como huracán tropical engullimos al grupo, lo rebasamos y entramos tranquilamente a la plaza a disfrutar de la alegría sin tanta estridencia que allí se vivía. Luego llegó ella y su grupo detrás. Más tarde. Desfallecida y frustrada. Su plan salió mal. Ahí os dejo una foto. La identificaréis por su vestimenta. Y ya sabéis, cuidado con los países tropicales, que tienen huracanes, aunque luego se queden en ná.

sábado, 1 de junio de 2019

Que empiece el espectáculo

Ir a un concierto siempre parece un buen plan. Más si es al aire libre una noche de calor. Más aún si te coges asientos lejos de la bulla y con las mejores vistas a la ciudad que además se encuentra en fiestas y te permite unir los focos del recinto a los del recinto ferial. Llegamos pronto en un uber, de puerta a puerta. Escalamos hasta encontrar nuestros asientos, duros como el cemento. Había poca gente pero nuestros tres asientos estaban parapetados. A la derecha una pareja de mujeres exhibiendo su amor a bastante más de tres metros sobre el suelo. A la izquierda una pareja mixta xxl con dos bolsas, xxl también, de palomitas y dos litronas de cocacola. Pensé que levitarían a mitad del concierto. Luego comprobé que ni un huracán sería capaz de levantarlos. No les miré a la cara. Las miradas te unen a la gente, para bien o para mal, y en una situación tan temporal es mejor no crear vínculos, ni buenos ni malos. Así que mirada directa al escenario. Empieza a llegar más gente. Me llama la atención las dos chicas que se sientan justo delante mía. Muy jóvenes, muy finas, muy comedidas, hasta que se apagaron los focos. Yo lo sabía. Sabía que se querían, que se querían abrazar y no se atrevían. Pero el ambiente invitaba. A su lado, otra pareja de mujeres sin tanto miramiento. Al frente otra pareja masculina haciéndose selfies sin parar de atusarse los flequillos entre beso y beso. Se apagan los focos y todo el personal pendiente del espectáculo. Como a la quinta canción una de ellas se atreve y le da un beso en la cara a su acompañante, que le sonríe pero nada más. A eso de la décima canción, cuando mi espalda y mi trasero ya se resentían, la otra decide corresponder yla coge brevemente de la cintura. Debieron sentirse pecadoras porque en cuanto la cantante se despidió la primera vez, cogieron sus bártulos y salieron pitando de allí, no sea que se encendieran de nuevo los focos y quedara al descubierto su amor encubierto. Ay, qué lástima. Me daba entre risa y pena. Ya espabilarán. Fin de la historia. Entretanto la pareja xxl estaban grabando el concierto, cada uno con su móvil, seguramente para verlo hoy, tranquilamente en casa, con una hamburguesa del McDonald's y tres o cuatro litros de refresco para tragar mejor las patatas fritas de acompañamiento. Mientras veían algo del concierto en las pantallas de sus móviles, para no perder el encuadre, ella cantaba todas las canciones. Ese estéreo era súper molesto, la verdad. Pero no quería mirarala para decirle, cállate ya, que mi entrada no incluía tu espectáculo. Y no lo quiero. Ni regalado. Pero esa indicación requería mirarla y ya había decidido evitar el contacto visual, no fuese a ser que encima me cayera bien. Así que aguanté como pude el doble y simultáneo concierto. Ohhhh, menuda noche. El resumen, no obstante, es bueno. Me gustó la música que me tuvo toda la noche moviendo los pies y los brazos, porque el culo se me había dormido formando ya parte de la grada. Y los efectos especiales fueron geniales, los del lejano escenario y los del cercano graderío. Para repetir, eso sí, con un cojincito y unos ojos prestados que me permitieran mirar sin sentimiento a mi acompañamiento musical y decirle, toma mis almendras, come y calla.

jueves, 15 de noviembre de 2018

Los días que pasan.

Hace ya tiempo que no os cuento nada y no es por falta de historias ni por falta de ganas, es sólo que no encuentro el momento así que me he dicho ¡hasta aquí ha llegado la cosa, que me encuentre el momento a mí! He cogido el teclado, mi copita de ribera y he puesto el horno a precalentar y mientras os voy a ir contando mis pensamientos, palabras, obras y omisiones, mis culpas y mis disculpas. Amén. Estaba viendo en la televisión el encendido del alumbrado de mi pueblo, mientras daba cuenta on line del anís y los pestiños que mi amiga de twitter alias @angela_2_ me ha mandado virtualmente. En esto que me ha entrado el arranque narrativo y me he venido a la cocina para descubrir al pasar por la puerta de entrada que mis vecin@s de al lado aún siguen con la mudanza. He entrado en shock. No es posible que se tarde una semana en despejar un piso de menos de setenta metros cuadrados. Ahora me explico que esta gente estuviera todo el santo día entrando y saliendo sin parar. Claro, tendrían que hacer turnos, es imposible estar l@s cuatro al mismo tiempo con tanto trasto. Y encima, por si esto fuera poco, se han traído a familiares y amistades para ayudarles al desalojo de esta miniatura del palacio de Buckingham. El rellano se ha convertido en un hormiguero humano donde no hay paz para los malvados ni para el resto del vecindario. Si ya era difícil pillar el ascensor un día cualquiera, estos últimos días, con este personal en continuo movimiento, es casi un milagro. De hecho he bautizado la operación como "a la caza del elevador". Calculo que lo único que ya les queda por llevarse es el gotelé, eso si no se ha caído con los portazos porque además de okupas del rellano son okupas del silencio. Cuando se van de vacaciones mi rellano parece un monasterio, qué paz, qué tranquilidad. Sólo se oye la alarma de la pija al entrar o salir y la cadena  del perro del otro piso cuando sale de paseo. O sea, nada. ¿Cómo? ¿Que por qué no me he comprado una casa en el campo? pues, uno, porque no tengo pelas, y dos, porque yo no molesto a nadie. Que se la compren ell@s que son los que necesitan espacio y efecto eco. No sé adónde se mudan. Tampoco sé quién vendrá en su sustitución, sólo espero no echarlos de menos.
Y a otra cosa mariposa. Para añadir un poco de estrés a mi vida decidí hace unas semanas poner en práctica esa regla mental que dice que cada día tienes que hacer algo que te de miedo. Cerré mi puerta sin ruido, sin alarmas, sin cadenas de perro y enfilé mis pasos a la academia de inglés que han abierto al lado de mi casa. No tuve bastante con preguntar precios y horarios que, en un alarde de valentía me matriculé, pensando que con eso cubría todos los miedos de una semana entera en una sola tacada. Y el día indicado me presenté a hacer mi prueba de nivel, ahí, sin airbag, y me estrellé. Me pusieron en el nivel más bajo del universo. No pasa nada, me dije, unos buenos cimientos son garantía de solidez. Vamos que lo de aprender va a durar más que la construcción de la catedral de Burgos. Volví de nuevo el día que comenzaban las clases, tranquila, despreocupada, total el one two three ya me lo sabía, no tenía nada que temer. Y no hago más que entrar y va la rubia guiri y me habla en inglés. Pero vamos a ver, chica, ¿nadie te ha dicho que tengo el nivel más bajo?, ¿qué me voy a colgar un cartel y unas orejas de burra también? Qué mala persona la rubia, no he conseguido todavía sacarle una sola palabra en español (yo creo que no sabe, ya somos dos ignora-parlantes), pero, eso sí, cuando refunfuño en español me llama la atención diciendo, "in english". Pero hija, si yo supiera decirte esto in english no estaría aquí. Ay, qué cosas. Y ahí voy, pasito a pasito, o como ella dice, step by step. Lo que voy a tardar en darle la vuelta a la manzana.... Ahora bien, el inglés va como va, pero se me están desarrollando unas habilidades que desconocía para salir de apuros, se trata de una perfecta conjunción de memoria y lógica aplicada a velocidad de vértigo, que hasta yo lo flipo, y me permite resolver las questions de la guiri divinamente. Ella también flipa. Básicamente es lo que en mi pueblo se llama "miedo al ridículo", es el mejor estímulo mental que existe.
Por cierto, si eres de quienes gustan en sumar algo de estímulo corporal, por esto de men sana in corpore sano (toma rubia, que sé latín), ni se te ocurra hacer como yo, que no tuve otra cosa que pedirme para mi cumpleaños una pulsera de actividad, con tan mala suerte que me la regalaron. Al principio estaba muy contenta hasta que descubrí los poderes ocultos de la tecnología. Estoy convencida de que este artilugio es en verdad un viejo espía de la Kgb reducido a escombros. Me vigila constantemente proporcionando al enemigo (que soy yo misma) información sensible. Que si ando poco, que si no quemo calorías, que si duermo poco y mal. Mis pulsaciones son como una montaña rusa (¿casualidad?). Se me sube la tensión cada vez que el espía me habla. 
¿Qué puedo deciros? Como siga así voy a descubrir la depresión, y no me refiero a la geográfica. Entre mi bajo nivel de inglés, mi escasa actividad física y la poca calidad de mi sueño, lo único que me faltaba era una mudanza de diez días. Si a esto le pongo un poco de música sonaría algo así:
"Los días que pasan, las luces del alba, mi alma, mi cuerpo, mi voz, no sirven de nada, porque yo sin inglés no soy nada, sin mudanza soy nada, sin pulsera soy nada"

jueves, 30 de agosto de 2018

La lista de invitad@s

De todas las listas de invitad@s  que puedas imaginar, hay una muy especial y de la que depende que el evento salga bien, mal o sólo regular. Es la lista más lenta de confeccionar y a la que más vueltas se le da. Inclusiones seguras, exclusiones temporales o definitivas, interrogaciones a modo de periodo de reflexión, hecha trizas y vuelta a empezar. Mil avatares obligan a su continua revisión. Es una lista tan particular que su confección comienza justo con el inicio del evento y dura tanto como éste, por lo que durante la celebración, las personas invitadas van saliendo y entrando y permaneciendo tanto tiempo como sus nombres duren en la lista. Tod@s estamos incluid@s  en un montón de estas listas, como permanentes, como temporales, como aspirantes o simplemente en estado de interinidad, esperando que llegue la persona titular para ocupar nuestro puesto. No es un juego de mesa. Esa lista te acompaña siempre y nunca llegas a saber, si finalmente, fue o no un acierto. Sólo se permiten valoraciones sobre la marcha. A veces se excluye a alguien por error y luego, si te arrepientes, ya no tiene arreglo. Y también puede ocurrir que incluyas a alguien por error y te fastidie el evento haciendo que otras personas se marchen. Por eso a veces es una lista complicada y requiere mucha atención. Pero otras es fácil y el evento transcurre apacible y feliz. Os deseo mucha suerte en vuestras vidas y en las personas a las que invitéis a participar en  ella.

sábado, 7 de julio de 2018

Tour Complet. Ispañoli (capítulo 10)

Voy a decir una gran tontería, aviso. Si algo caracteriza a una isla es que está rodeada de mar. Ya está. Ya lo he dicho. Por eso tan evidente, nuestro siguiente día volvía a incluir un tour marítimo, pero esta vez de cuatro horas y media, para no quedarnos con las ganas. Por eso y porque es una buena forma de explorar algo esencial en un territorio que dedica gran parte de su actividad al turismo marítimo. Esta vez aparcamos sin dificultad porque tuvimos suerte, porque coches había para reventar. Como teníamos claro con qué empresa haríamos el tour lo primero que hicimos fue localizar el lugar de venta de entradas que justo era un restaurante. Ya sabéis, casi con el desayuno en la garganta nos vimos obligad@s a pedir el almuerzo porque el barco salía a las 13,30 y no volvía hasta las 18 horas. Pero el dueño del dúplex decidió oponer resistencia (téngase en cuenta que sus desayunos contaban como cuatro comidas al día, y claro, era difícil dar más de sí). La tercera pasajera y yo escogimos un plato diferente cada una, con idea de compartirlos porque con eso teníamos de sobra. Pero, a ver, no era plan dos comiendo y uno mirando, así que insistimos, mira que vas a pasar hambre, no seas tonto, pide un plato y compartimos contigo también. Y así lo hizo. Pidió un plato y el camarero puso cara rara y le dio de mala manera el plato diciendo que eso no lo hacía nunca. Bueno, no le dimos mayor importancia. Pasamos parte del contenido de nuestros platos al suyo y de pronto, como un relámpago, apareció una especie de chicote despintado, que se colocó justo detrás del dueño del dúplex y nos dijo de todo con un cabreo impresionante. Incluso se le notaban las ganas de dar un puñetazo. No lo hizo así que se fue como vino, cabreado. Siento no poder contaros lo que dijo porque no me enteré de nada. Pobre hombre, todo su discurso flotando en el aire sin que nadie se hiciese el más mínimo eco. Que cantidad de energía desperdiciada. Nos miramos l@s tres extrañad@s, como preguntándonos qué nos acababa de pasar. En opinión y traducción del dueño del dúplex el chef dijo que cada persona tenía que pedir comida, así que el pobre se pidió un plato por esto de tener la fiesta en paz. Cucha, que se lo comió entero el colega. Qué elasticidad. Empecé a imaginar que íbamos a naufragar pero, en seguida lo olvidé, con la molestia chicotera pensamos que las entradas del barco las iba a comprar Rita la cantaora y el café se lo iba a tomar Rita también y de segunda cerveza y postres nada de nada. Lo que ganó con el plato obligado lo perdió con lo que aún nos quedaba por pedir. Pagamos y salimos pitando antes que el bicho saliera de nuevo con un látigo y nos obligara a defendernos. No, no a la guerra, que la guerra es muy perra. Para una cosa que teníamos clara, hay que fastidiarse, a buscar otro tour. No nos costó trabajo, aquello era pequeño y la oferta era mayor que el número de habitantes. Bajamos al puerto y embarcamos. Allí había un chico muy majo contando lo que íbamos viendo, pero esto no era canal sur, y no había audio descripción, así que ni flores de colores. Pero el destino es caprichoso y los ispañolis somos, además de una especie rara por allí, una perfecta oportunidad para parlar Ispañol. Así que Diego, miembro de la tripulación, lo tuvo claro. Ispañoli? Siiii. Pues yo os explico. Qué suerte la nuestra, tuvimos nuestro particular Cicerone para un pedazo de tour que incluía, Scandola-Girolata-Piana-Capo Rosso . Atracamos en el pequeño puerto de Girolata para estirar un rato las piernas y nos encontramos a las vacas tomando el sol. Alguna estaba considerablemente bronceada, vaya negra, negra. El dueño del dúplex aprovechó un arroyo que pasaba por allí para meter los pies. El caso es mojarse, que parece un boquerón. Y seguimos. Volvimos al punto de partida donde cambió el pasaje, excepto nosotr@s y otra pareja que embarcaron al principio y se pasaron las cuatro horas durmiendo. Qué risa verlos, por favor, sentados en primera fila con las cabezas oscilantes, al ritmo de las olas, chirrín chirrán. Cambiamos el sentido del viaje y vimos el resto que nos quedaba. Al bajar le pregunté a Diego su nombre. Por eso lo sé. Y le dimos las gracias por su amabilidad. Amén. Y ahora qué. Nos quedaba un largo trayecto hasta el siguiente punto al que llegaríamos ya de noche. Decidimos tomar un helado antes de cambiar de transporte. Allí estábamos la tercera pasajera y yo con nuestras dos bolas (de helado) y el dueño del dúplex perdido, que no aparecía por ningún lado. Llegó un momento en que empezamos a preocuparnos. Yo llegué a pensar que al pasar por el restaurante del mediodía se había enzarzado en una discusión, pero no. Nada. Y pasada una media hora aparece el buen hombre con un cabreo insinuando que lo habíamos abandonado. La tercera pasajera y yo nos quedamos mudas, algo realmente difícil en nosotras, pero lo hicimos. Suerte que un buen helado todo lo cura. Y en paz seguimos nuestro camino. No quedó ahí la cosa. La noche dio de sí lo suyo también. Pero eso lo cuento luego.

Iles Sanguinaires. Ispañoli (capítulo 9)


Visto el sur tocaba remontada de nuevo al norte pero por la cara oeste de la isla. Primera parada en Porticcio. Acusábamos ya el cansancio y decidimos tomarnos la mañana con calma, como si pudiéramos permitirnos ese lujo. Además habíamos cambiado el plan de visita dejando la parte más dura para el día siguiente y sólo teníamos que desplazarnos unos pocos kilómetros para cumplir nuestra agenda. No había prisa, así que después de desayunar subimos de nuevo al hotel, a esa estupenda terraza que la noche anterior convertimos en improvisada discoteca aprovechando el chunta chunta  del asqueroso reggaeton que provenía de los chiringuitos cercanos. Hicimos todos las coreografías que la tercera pasajera traía de su gimnasio habitual hasta caer rendid@s. Y lo mejor de todo es que lo hicimos en silencio porque la música la traía el aire y nuestras carcajadas eran constantes pero apagadas, reprimidas, no sea que nos echaran del hotel. Y ya habíamos tenido bastante con que momentos antes, el dueño del dúplex nos invitó a cenar por su santo, aunque él es ateo y no cree en esas cosas, pero una celebración no se la salta un galgo, oye, y los dueños del garito  donde conseguimos que nos sirvieron la cena a hora ispañoli, o sea que ya estaba el bar recogido y a punto de cerrar, pero nos hicieron el gran favor de servirnos, nos dejaron terminar los platos, pero con los vasos ya estábamos rebasando los límites de su generosidad y nos mandaron a la zona playera, nos indicaron dónde dejar las copas cuando agotáramos su contenido, y nos dijeron que buscáramos salida por la playa. Tras seguir a pie juntillas las instrucciones recibidas, volvimos al hotel bailando por el camino, y así llegamos, con la marcha metida en el cuerpo y necesidad de sacárnosla de encima para poder dormir. Bailamos hasta la extenuación, o sea, media hora. Dormimos hasta la extenuación, o sea, unas seis o siete horas. Qué extenuante todo, por dios. Por eso necesitábamos un respiro, o sea, un par de horas mirando al dueño del dúplex cómo se bañaba en la piscina.

Se acabó el relax que parecemos gente rica y no nos pega nada eso. Vamos allá. Y fuimos. Llegamos a Ajaccio, una localidad costera sin más interés que sus playas. La mañana, o lo que quedaba de ella, se prometía aburrida. Paseamos por calles, plazas, puerto, playa. Alto, ahí me paro. El dueño del dúplex, al que ya le estaban saliendo aletas, decidió darse un chapuzón mientras la tercera pasajera y yo visitamos la catedral. Las catedrales de allí son como parroquias de aldea, nada que ver con las nuestras, que conste. No es por quitarles encanto, pero las cosas como son. Media tarde y ya lo teníamos todo visto.

 La tercera pasajera recordó que cerca de allí estaban las Iles Sanguinaires y decidimos asomarnos. Menuda sorpresa!!! Aquello superó con creces nuestras expectativas. Y por poco acaba con mi capacidad física después de subir a pie, uno detrás de otro, por un cerro, hasta arriba del todo para contemplar embobada un paisaje espectacular. Valió la pena, sin duda. Y aún no tenía bastante la tercera pasajera que decidió subirse a otro montículo por un camino de piedras, de alta dificultad, que para ella debía ser pan comido porque a veces está como las cabras, y ese debió ser uno de esos momentos. El dueño del dúplex escogió otro camino menos complicado y yo escogí sentarme en una esquina del mundo, rodeada de mar y a resguardo de una roca. Lo que empezó como un día de escaso interés acabó siendo una de las excursiones más interesantes del viaje. Y volvimos a la pista de baile, pero esa noche no oíamos ni la música.

Caminante, sí hay camino. Ispañoli (capitulo 8)

De Porto Vecchio a Ajaccio, con todos nuestros bártulos, hicimos varias paradas. El día amaneció nublado, eso chafa un poco si no fuera porque llevábamos tantos días retando a la meteorología con tan buen resultado que parecíamos los soles de los mapas y no había nube que nos hiciera sombra. Nos detuvimos en Figari para tomar un café y darle tiempo al sol de despejarse y despejarnos. Debían ser las 11,30 de la mañana y entramos en una tienda de productos típicos de la tierra. El amable señor que regentaba el local decidió por su cuenta y riesgo que teníamos que probar sus vinos. Ay, qué difícil hacerse entender en Ispañoli. A ver quién le explicaba a ese hombre sin ofenderlo que aquí en Ispaña no se bebe vino a esas horas. Pues no hubo manera y allí mismo, sin jamón ni nada dimos cuenta del suculento caldo. Y claro nos agenciamos unas botellas para comprobar más tarde si ese vino sabía igual a horas más decentes. Ese hombre dejó mi autoestima por los suelos cuando, entre sorbo y sorbo pregunta lo de siempre, Italiani? No, Ispañoli, ahhh, rial madrí, runaldo, pero mi gusta más mesi, barsa. De esto que se te pone esa sonrisa de persona siesa, mientras le dices ah, si, si y piensas, eso es lo que conoces de Ispaña? Pues vaya. Nosotr@s del sur, giralda, mezquita.... Eso. Ahhh, si, si sur Ispaña. Venga ya, que se te nota que no sabes de qué estamos hablando. Lo mismo se creía que eran futbolistas del Málaga club de fútbol o algo así. Vamos a tomar un café para la resaca. A nuestro lado una pareja se pide un vino blanco con su hielo. Y piensas, ya hay que comer? Madre mía que estrés con los horarios gastronómicos. Vámonos de aquí que para las dos de la tarde está esta gente poniendo la cena. Perdimos al sol por el camino, seguramente por el vino, y cuando llegamos a Sartene  el diluvio universal nos recibió con emoción. Qué ganas de llorar, andando por ese empedrado resbaladizo de callejuelas estrechas donde los coches te hacían la ola con el agua de los charcos. Lo que nos costó encontrar un lugar para almorzar, como siempre. Debajo de unos toldos empapados nos pusimos las botas, las de comer, las otras estaban en el maletero del coche, en ese parking que era gratis pero que alguien, en un exceso de civismo, por no llamarlo de otra forma, pagó religiosamente. En fin. Pelillos a la mar o pelillas a la máquina. Seguimos camino buscando el sol y justo lo encontramos esperándonos en Filitosa para entrar junt@s al yacimiento megalítico. Y menos mal, porque ver aquella extensión de tierra con enormes construcciones de piedras bajo la lluvia no era recomendable. Me encantó oír a las ranas croando, como adornando el silencio del lugar. Y rumbo al siguiente alojamiento, con cansancio, pero con ganas de más.

viernes, 6 de julio de 2018

Bonifacio 2. Ispañoli (capítulo 7)


Bonifacio  es una preciosa localidad. Yo diría que la que más me ha gustado. La recorrimos por tierra y por mar. Desde el barco pudimos ver la escalera del Rey de Aragón, que aparecía como un tremendo tajo en diagonal hecho sobre el acantilado que sujeta a la ciudad en delicado equilibrio. Ya me dio repelús así de lejos y empecé a pensar que no sería capaz de bajarla y, por supuesto, subirla después. Pero la belleza del paisaje me sacó de aquel pensamiento y me centró en la magnífica mezcla de rocas con formas imposibles y aguas a ratos turquesas, a ratos azul marino. En una parada observamos bancos de peces que casi podías tocar con la mano y de repente la gente se altera y miran a la parte trasera del bote adonde se había dirigido dos segundos antes el patrón, vivo retrato del hombre de vitruvio, pero con ropa y con melena morena alborotada. Así que volvimos la vista al foco de atención y observamos una bandada de gaviotas que nos acompañaban mientras el patrón les iba dando comida al vuelo. Una estampa magnifica que se acabó con tres palmadas con las que las gaviotas entendieron que se acabó lo que se daba y dejaron de seguirnos.

Al volver a tierra el plan era subir hasta la parte alta de la ciudad, que vista desde allí te bajaba hasta la tensión. Mientras pensábamos por donde salir vimos un "trenecito" turístico. Preguntamos el recorrido y resultó una perfecta solución para regular la tensión. Aquello se estaba pareciendo a un parque de atracciones, el barco, el tren... sólo nos faltaba una vuelta en avioneta y un algodón rosa en la mano, de esos que sirven para hacer el playback de comer, abres la boca y se desintegran. Qué chulo el tren, nos llevó lentamente, cuesta arriba, por recovecos estrechos, hasta que sólo se veía el cielo. Ahí nos bajamos y observamos de nuevo el puerto, tan cerca y tan lejos, como enero y diciembre. Andando llegamos al cementerio. Desde que descubrí a Nieves Concostrina y su inigualable humor fúnebre, los cementerios me llaman la atención. Sólo pensar la de historias que guardan te despiertan la imaginación. Este cementerio en particular me produjo risa al comprobar las espectaculares vistas al mar que tenía. Eso de que dios le da legañas a quien no tiene pestañas se hacía realidad allí mismo, en ese punto final del pueblo y de la vida, ese mismo punto donde la vista se pierde en el horizonte y el tiempo se vuelve eterno, porque, de alguna manera, los cementerios eternizan la muerte que acaba durando mucho más que la vida, porque así lo hemos decidido, probablemente en el torpe deseo de prolongar la vida para acabar prolongando la muerte. Uyyyy qué sepelio!!!  
Caminando llegamos a la escalera del rey de Aragón. La gente salia de allí sin aliento, encorvados. 
Las únicas caras de entusiasmo era de quienes llegaban, no de quienes se iban. Cerca de la caseta de entrada había estratégicamente colocados unos bancos para cobardes. Lo tuve claro desde el principio, ese era mi sitio y el del dueño del dúplex, que lo tenía igual de claro que yo. La intrépida tercera pasajera dio dos o tres vueltas por allí y, finalmente nos comunicó que iba a hacerlo, a pesar del cansancio que llevaba no podía resistirse a dejar pasar aquél reto. Se abrigó convenientemente porque la rasca que allí corría era considerable, y despareció escaleras abajo mientras el dueño del dúplex observaba su hazaña con admiración, asomándose a una barandilla de vértigo, mientras la perdía de vista por el vertiginoso acantilado y yo le pillaba el asiento para cobardes, que había muchos por allí rondando. En menos de quince minutos había completado un recorrido que tiene un tiempo medio establecido en media hora. Increíble. Esa mujer llegó sudando la gota gorda y tengo que decir que fue la única cara de satisfacción que divisé por allí. Toca volver. La idea inicial era bajar andando, pero, que va, en cuanto pasamos por la parada del trenecito cambiamos de opinión. Al llegar abajo, hicimos acopio de comida y vinos de la tierra en un supermercado spar, que inundan la isla, y a recogernos, que ya estaba bien de tanta feria y tanto tiovivo.

jueves, 5 de julio de 2018

Bonifacio, Ispañoli (capítulo 6)


 Levantarte por la mañana y ver el sol iluminando una playa de arena blanca y aguas turquesas, es una visión idílica que te infla los sentidos. Digo yo. A mí no me ha pasado. Al menos al levantarme, pero sí después de desayunar, que se ve todo mucho menos borroso y, qué quieres que te diga, con el estómago lleno los sentidos ruedan mejor, dónde va a parar. Pues esa visión idílica la tuve en Santa Giulia. Cuando le di la espalda a la playa volví a mi realidad. Era el cuarto día del viaje y pusimos rumbo a Bonifacio, con ese pedazo de coche cargado hasta las trancas de chorradas, como si fuésemos de acampada libre quince días. Qué despropósito! Y eso gracias al dueño del dúplex que viajar ha viajado mucho pero qué poco se le nota, por dios. Con su botella de litro y medio de agua, cargado todo el día, y encima diciéndonos que no bebíamos nada. Pero a ver, chavalín, claro que bebemos, más o menos como tú, pero como no nos escuchas cuando te decimos que compres tres botellines y te vienes con la botellona porque es más barata, qué quieres que te diga, para ti toda, hombre, que no tienes ni idea de lo que son los escrúpulos, ni le permites a nadie que los tenga. Así íbamos la tercera pasajera y yo, con las bocas secas, pero sin sed. Bastaba pensar en la botellona y se te pasaba de golpe. Pero eso sí, no nos salieron boqueras en todo el viaje. Algo es algo. Y, justo ese día, el de Bonifacio, aprovechamos un despiste del botellonero para comprar botellines individuales. Ole. Así pudimos beber esa jornada. O eso, o moriríamos deshidratadas. Ahora que lo recuerdo no me da risa, me da pena y me digo solemnemente que a dios pongo por testigo que no volveré a pasar sed. Y que el viento se lleve lo que se tenga que llevar. A todo esto, por dónde iba? Ah, sí. Llegamos al destino, a la misma hora que el resto del universo. Ni que hubiera un concierto de Chayanne ese día, por favor. Después de darle quince vueltas a la misma rotonda a ver donde aparcábamos conseguimos entrar a un parking pequeño, después de cabrear a la conductora de atrás, poco acostumbrada a las paradas en seco del dueño del dúplex, aunque fuese debajo mismo de la barrera, ocasionalmente abierta para que pasáramos, porque él tiene que leerlo todo, lo mismo da letra grande que pequeña y, sobre todas las cosas, ver los precios, no vaya a ser que lo que se ahorra en agua se lo gaste en parking, y todo eso desoyendo los berridos desesperados de la tercera pasajera y míos, diciéndole que daba igual el precio, que entrara ya de una puñetera vez, berridos que hicieron dúo con los de la conductora de atrás, que además acompañaba de aspavientos cada vez más rápidos y exagerados, que si llega a bajarse del coche esa mujer, la tercera pasajera y yo ya estábamos preparadas para echar cuerpo a tierra, y el tío leyendo y murmurando. Sólo le faltó cantar Paco, Paco, Paco. Pues no os lo perdáis. Aparcamos por fin, después de darle por culo a media isla. El parking estaba en la entrada de un maravilloso puerto que más tarde recorrimos. Pero antes nos detuvimos a ver unas casetas que anunciaban visitas en barco a las Islas Lavezzi. Después que el dueño del dúplex introdujera en su confusa mente hasta el más mínimo detalle de toda la información que aquellas casetas ofrecían, (todas), decidimos sacar pasajes para más tarde y aprovechar que incluían parking para volver a sacar el coche y llevarlo al espacio gratuito  para los viajer@s del tour. Felicidad para tod@s porque el dueño del dúplex se quitó un peso de encima y nosotras a él. Y así, relajad@s, nos fuimos a visitar ese precioso puerto lleno de bares hasta que encontramos un lugar apropiado para almorzar, como sabéis a la hora del segundo café en España. Qué le vamos a hacer, hay que adaptarse. Pero vaya que eso de beber vino o cerveza desde las 11 de la mañana me sigue resultando raro. Yo me adapto pero mi cuerpo no tanto. El sitio escogido se llama Kissing pigs, muy reconocido por trip advisor y otros portales turísticos destacados. El local es acogedor y el servicio muy amable. Nos tocó un camarero muy simpático que quería practicar español. Nos pasó más veces y siempre empezaba de la misma manera, Italiani? No, Ispañoli. Ah, Ispañoli, yo hablar poquito, yo querer ir a Ispaña. Ah, muy bien, muy bien, pues trae tres Pietras y ya seguimos hablando si eso. Y entre el spaninglish de la tercera pasajera y mío, el francés incalificable y lento del dueño del dúplex y las ganas de hablar Ispañoli del corsa, se generaba una torre de Babel que lo flipas. Bueno, al lío. Los corsas presumen de embutidos. Tengo que decir que se nota un montón que no conocen España. Por favor, que el lomo embuchado del mercadona está más bueno que el mejor de sus embutidos. Lo siento, ahí resbalais. Ganas me dieron de decirle al camarero, niño avisa cuando vayas a España que te vas a enterar lo que es un jamón en condiciones, embutido ni embutido, que sabrás tú. Pero claro, allí la gente que va es francesa, italiana o alemana, y si me apuras, algún catalán/a independentista, que a es@s los sacas de la butifarra y lo flipan también, vamos, que se rinden. Venga, para el barquito que la vamos a liar. Luego os cuento.

domingo, 1 de julio de 2018

Ispañoli ( capítulo 5) Rumbo al sur

Antes de poner rumbo al sur decidimos hacer una incursión por el interior de la isla y visitar Corte. Fue un cambio radical. Calles empedradas, casas de colores, tiendas, gente. Había vida!!! Claro ya no era domingo. Creo que debía ser la parte más alta de la isla y quizás el único lugar desde el que no se divisa el mar. Por las coloridas calles de casas y edificios añejos, con aire a historia, a historias guardadas entre sus muros, nos topamos con una plaza pequeña con una gran fuente con cuatro surtidores de donde manaba alegre un agua clara y fresca. Aquí va a ser. Y allí fue donde clavamos nuestras posaderas y nos pedimos... adivinad, sí, exacto las pietras.
Nos quedamos un buen rato al arrullo del agua y después seguimos camino. Siguiente parada Aleria, un pequeño pueblo que tiene una antigua ciudad romana y un fuerte que alberga una exposición, en mi opinión no muy interesante. Nos acercamos al cementerio. Era el primero que visitábamos. A mí me fascinan los camposantos, con ese silencio tan particular, sepulcral le dicen, que oyes un chasquido y se te aflojan las piernas, y empiezas a mirar para todos lados y empiezas a darte prisa. Bueno eso, que te cagas del susto. El cementerio era muy curioso. Las tumbas estaban sobre el suelo, como plataformas áridas y planas sobre las que se posaban trozos de piedra o mármol con inscripciones, fotos y objetos variados, a modo de mercadillo abandonado, como si los manteros hubieran salido huyendo de allí al ver a la pasma. No sé, peculiares. Hacía mucha calor, eso lo recuerdo bien, así que seguimos camino hacia la playa. Nos costó la misma vida dar con nuestro siguiente alojamiento, en Santa Giulia, cerca de Porto Vecchio, localidades ambas bañadas por el mar. La playa de Santa Giulia es pequeña, pero muy bonita y cuenta con tres restaurantes en dos metros cuadrados, uno de ellos con estrella Michelín, toma ya. No puedo contaros si están bien o mal porque andábamos tan cansad@s que tuvimos la ocurrencia de acercarnos al súper de la urbanización, cinco minutos antes de que cerraran y dejarnos atracar por las cuatro porquerías que compramos, de las que sólo salvo la pizza y el vino. Fue una compra tan apresurada que en lugar de papel higiénico nos llevamos papel de cocina. Toda una experiencia. Osú. Y así acabó el día, con la duda metódica de si el buen tiempo nos seguiría acompañando, a pesar de las malas previsiones que, por suerte, no se cumplían. Seguro que nuestro pequeño gran buda se pasó el viaje invocando al sol. O eso, o el personal del tiempo tiene mucha guasa y le gusta ir amargando a la gente. Sea como fuere, la suerte estaba de nuestro lado y a esas alturas la previsión metereológica era para nosotr@s un mal chiste. Venga, a dormir.






Ispañoli (capítulo 4) "Denominación de origen"


Primera mañana en territorio extraño. Preparando el viaje vimos que Córcega tiene variados vinos y hasta nueve denominaciones de origen, lo que suponía un auténtico aliciente para la tercera pasajera y para mí, aficionadas como somos a catar vinos de toda clase, que no de todos los colores, ya que nos tira más el rojo, en todos los sentidos.
Así que pusimos rumbo al mundo enológico, empezando por el norte, para recorrer el Cap Corse con tranquilidad, disfrutando del paisaje, haciendo un alto en Centuri donde probaríamos la famosa langosta de "La Macciotta". Uy, esto parece una reseña de la guía Michelín y no van por ahí los tiros, porque los únicos michelines dignos de reseña son los que portábamos en nuestros caparazones.
Andando, que es gerundio, recorrimos la costa viendo pequeños pueblos de grandes vistas, hasta que una puñetera curva nos metió de lleno en una montaña, y después otra, con su correspondiente interminable carretera de montaña, con sus cada vez más altos acantilados que te ponían los vellos como escarpias, con sus frondosa vegetación entre la que, cuando menos te lo esperabas, aparecía un pueblo a modo de imitación en miniatura de las casas colgantes de Cuenca. Y el tiempo y los kilómetros iban pasando nublando a tal punto mi mente, que empecé a ver langostas y botellas de vino colgadas en los árboles.
Y al fin empezamos a bajar de las nubes, aterrizando lentamente en el destino buscado.
Llegamos pronto, así que no encontramos mesa. Así es allí la cosa: si llegas pronto es tarde y si llegas tarde no comes. Recomiendo hacer noche en el lugar escogido y saltarte el desayuno, total no es tanto rato y así juntas un poco de hambre, hombre. Mientras esperábamos que nos dieran mesa observamos a una pareja dando cuenta de unas langostas olímpicas, aunque no podíamos verles las caras por el enjambre de moscas que tenían en la mesa. Qué asco más grande!!. A la porra la langosta, que es comida de moscas. Nos dan mesa y pedimos unas cervezas. Aquí descubrimos una de las maravillas de Córcega, la Pietra ambrée. Nos gustó tanto que la adoptamos como mascota y nos acompañó todo el viaje. No así con las moscas, con las que nos enzarzamos en una pelea que ganaron ellas, sin duda. Y ahora a buscar el vino. Y venga a buscar y venga a buscar. Y venga a encontrar un montón de cavas, sobre todo en Patrimonio, pero todas cerradas.
De verdad que esta gente es rara, pero qué extraños horarios tienen, no hay quien entienda esto. En esas cábalas estábamos cuando un resplandor nos cegó. Haciéndonos perder casi la conciencia, y en esa somnolencia vimos como se nos acercaba la virgen de Torrelodones y con voz susurrante nos dijo: !Gilipollas, que es domingo!!. La luz se apagó y nos despertamos de golpe descubriendo en ese instante cómo llegan los mensajes divinos, lo tont@s que somos y, sobre todas las cosas , que ese día no íbamos a comprar vino.

Anda que..

lunes, 25 de junio de 2018

Ispañoli (capítulo 3)

Vaya viajecito. La suerte es que tuvimos más ganas que problemas. Empezaré contando que teníamos que realizar dos vuelos y el segundo se canceló tres horas antes de salir de casa. En menos de dos horas teníamos el problema resuelto. Creo que ya, por fin, le ha quedado claro al dueño del dúplex porqué insistimos tanto la tercera pasajera y yo en contratarlo todo por agencia.
Y después de un largo día, de por lo menos 35 horas, llegamos al destino. Un destino donde el español no figura entre los idiomas que se hablan. Ahí lo dejo y otro día os cuento.
Salimos del aeropuerto y fuimos a coger el coche que habíamos alquilado dejando claro que necesitábamos un buen maletero. No tengo claro si el destino quiso recompensar nuestro entusiasmo, o más bien castigarnos por tomarnos todo a chufla, porque nos encontramos un pedazo de coche que nos venía muy, pero que muy grande a l@s tres, incluido nuestro particular portador de inutilidades, que hasta llevaba una máscara de snorkel, además de todo lo que iban dando en el avión y el resto de la tropa no quería. Nos obligaba a pedirlo para guardarlo él, a modo de provisiones, por si acaso. Creo que no le explicamos bien las intenciones del viaje, o no las entendió porque me parece que fueron unas setenta veces las que dijimos que era una experiencia visual y gastronómica. O sea que íbamos a ver paisajes y a hartarnos de comer y beber. Pues lo dicho, no debía fiarse de la gastronomía corsa (o de nosotras) y prefirió hacer acopio de la despensa empaquetada de las compañías aéreas. Que valor!!! En fin, hay gente para todo. Tres vueltas le dimos al coche antes de montarnos. Como si estuviésemos haciendo el juego de la silla, a ver quién pierde y conduce, de noche que era ya y en un lugar desconocido. Eso es la aventura? No creo, porque a mí la aventura me gusta, o me gusta pensar que me gusta, y me estaba dando un cabreo del cansancio y el hambre que llevaba, que yo qué sé.
Llegamos al hotel, soltamos el equipaje y a la calle corriendo como si fuesen a dar el toque de queda en media hora. Lo que hace el hambre! Nos dirigimos al puerto que estaba lleno de bares y terrazas, pensando que podíamos elegir entre aquel inmenso paseo atestado de gente, de música, baile y risas. Serían las 10,30 de la noche. En mi pueblo es una hora decente para tapear algo. Pero olvidamos un detalle importante, y no eran las compresas precisamente. A esa hora, esa gente tiene ya hecha la digestión y van por el tercer cubata.
Reventad@s de andar, preguntando por señas en mil trescientos cincuenta y seis sitios si nos daban de comer (vete tú a saber lo que entendían) y llevarnos mil trescientos cincuenta y seis noes , ya con las lágrimas saltadas, pensando que íbamos a dormir con el arrullo de las tripas, lo intentamos una vez más en un bar donde estaban recogiendo las sillas. Total qué íbamos a perder? En todo ese tiempo debíamos haber perfeccionado nuestro particular lenguaje de signos porque el camarero nos entendió a la primera y nos condujo a un pequeño local anejo que vendía piezas de pizza y que también estaba recogiendo ya. Este amable señor decidió hacer su buena obra del día con esta gente rara que llora cuando ve media bandeja de pizza, esa gente rara que habla idioma raro y come a deshoras, esa gente rara que te compra la mercancía que te ha sobrado y encima te da las gracias. Ay, esa gente. El señor se puso tan contento de recibirnos que se vino arriba y nos sacó dos bandejas más de pizza, nos acomodó en su humilde garito, nos puso música corsa y nos invitó a un postre típico. Merci maestro, nos has salvado la noche. Te recordaré. Bueno, ahora no recuerdo el sabor de tus pizzas, pero sí tu sonrisa. Guapetón. Vale. Ya está, que me enamoro hasta con las pompas de jabón. Duermete niña, duermete ya, que mañana te vas a enterar.