No me extraña
que estemos en la ruina. Llevo más de treinta días, que se dice
pronto, visitando el hospital. Instrucciones: cuando digan tu nombre
por megafonía te bajas a la unidad y te pones una bata de este
armario, dejas tu ropa en un vestidor y te sientas a esperar que te
vuelvan a nombrar, y ya pasas dentro de la unidad. Una vez entras a
la unidad, te quitas la bata y te tumbas en la camilla. Cuando acabe
la sesión (diez minutos mal contados), te pones la bata, vuelves al
vestidor, te colocas tu ropa (siempre pensando “dios mío que no se
la hayan llevado”) y te vas por donde has venido, eso sí, dejando
la bata en los sacos de ropa para lavar. Pero vamos a ver, ¿ropa
para lavar? ¡Sí sólo la he usado tres minutos! ¿no sería mejor
que me la llevase a mi casa y la usara, al menos durante una semana?
Prometo devolverla cuando termine mi calvario. Pues nada, así todos
los días. Eso debe ser antiecológico y todo. Y así están las
batas, transparentes, que cualquier día me engancho con algo y me
quedo en pelotas en mitad de un pasillo.
Las tres cuartas partes de mi actividad son mentales. Pienso que paso demasiado tiempo pensando. Pienso que tengo que pensar menos y hacer más. Pienso que pensar tiene su tiempo, y lo tengo que encontrar.
martes, 11 de septiembre de 2012
Historias del hospital (2ª parte, 29/08/2012)
|
Alguna mujer piensa que
su empresa debe darle las gracias por ir a trabajar. Eso, y
pagarle el sueldo. Por ello se permite el lujo de desaparecer de
su puesto cuando le apetece, porque ella lo vale. Relato. Tengo
las siguientes instrucciones: cuando llegues al hospital te
acercas al mostrador y le dices a la enfermera tu nombre y la
máquina que te corresponde. Vale, es sencillo. Pero nadie me ha
dicho qué hago si la enfermera no está. Tampoco se lo han dicho
al resto del personal, por lo que no puedo copiar a nadie. Eah,
eso es lo que hay. Por fin llega, relajada, sin prisas, total
ella tiene que estar ahí hasta las 9 de la noche, ¿para qué va
a correr? si la gente que la esperamos no tenemos nada que hacer,
de hecho vamos al hospital por gusto, a dar por saco, a hacer
gasto, más concretamente vamos a joderla a ella, así que ya nos
jode ella antes por si acaso. Bien, ya la tenemos en su puesto,
se sienta, te mira con cara de fastidio. Tú le pones tu mejor
sonrisa y le dices "buenas tardes" y no le dices "cacho
cabrona", mi nombre es Inmaculada Muñoz, máquina 1. Y
ella, te sonríe con desgana, mira la pantalla del ordenador con
la cabeza muy alta y te dice, Ana Miranda ¿no? No, Inmaculada
Muñoz. A ver.... ah, sí, Pilar Morales ¿no?. Te callas
pensando ¿esta tía está de cachondeo, o de verdad es así de
tonta? y le vuelves a decir, ahora elevando la voz, Inmaculada
Muñoz, máquina 1. Ah, sí, ya está. En ese momento me doy
cuenta que tengo las cejas más de punta que Zapatero y los
dientes apretados. Y pienso, señor, dame paciencia porque si me
das fuerza....
|
Historias del hospital, (1ª parte, 28/08/2012)
“Historias
del hospital: ¿Esto es una sala de radioterapia o el camarote de los
hermanos Marx? Me explico. Tengo que tumbarme en una camilla, con los
brazos hacia arriba, apoyados en unos soportes, de manera que parece
que te han puesto en una camilla de ginecología, pero al revés, en
lugar de las piernas colgando y abiertas, son los brazos los que
pones en esta posición. Después de moverte milimétricamente, para
que los puntos perennes que te han dibujado en el cuerpo cuadren con
otros puntos que tú no sabes dónde están, las enfermeras dicen "ya
lo tengo" y cogen un mando a distancia y comienzan a mover la
camilla a trompicones, para arriba, para abajo a derecha e izquierda.
Qué tensión me entra, sólo puedo pensar: ¡madre mía que me van a
descuadrar!. En fin, yo ahí, quieta, intentando no moverme con las
sacudidas de la camilla. Y, cuando ya ellas consideran que aquello
está en condiciones se van corriendo y una máquina descomunal
empieza a hacer un ruido de campo magnético, como si te fuesen a dar
un calambrazo de campeonato. Pero no sientes nada, sólo ruido. Todo
esto que acabo de relatar dura apenas diez minutos. ¿Uds, ven lógico
que en este corto espacio de tiempo y en el transcurso de una semana,
hayan pasado por ahí, un celador y un informático? ¿Qué pasa, mis
tetas y yo somos espectaculares, o pura basura? Y si alguien tiene la
osadía de decir que esto no tiene importancia, o que no es para
tanto, le reto a que se ponga con las tetas o los huevos al aire
(cada uno lo que tenga), en esa extraña pose, más propia de una
película sadomasoquista que de un tratamiento médico y quede
expuesto a la vista de un celador que llega a dejar unas sábanas, o
de un informático que va a ver si le pasa algo a la pantalla de
ordenador. ¡Pero SI SOLO ESTOY DIEZ MINUTOS, no pueden esperarse un
momento!. No lo entiendo. Estoy muy cabreada. O me dan pronto el alta
o me voy a cagar en todo el que trabaja allí. Soy una persona,
oiga.”
sábado, 21 de julio de 2012
¿Querer o poder? Esa es la cuestión
Ya
he leído varios titulares donde se dice que tal o cual partido
político o grupo de políticos renuncian a su paga extra de navidad,
o piden que otros lo hagan. Que les den una Fanta. Si con esto
quieren quedar bien que sepan que para mí es una mofa. ¿Por qué
ellos pueden decidir mientras yo tengo que renunciar
obligatoriamente? ¡A tomar fanta!
Una imagen no siempre dice la verdad.
Emocionantes
imágenes de las movilizaciones de ayer en todas las ciudades. Pero
para mi gusto sobran las banderitas de los sindicatos. Ya lo he dicho
otras veces, pero viendo que ellos insisten, yo también. No
representan a los trabajadores. Hace tiempo que olvidaron lo que es
trabajar. Hablo sólo de los dos grandes sindicatos, no de los
sindicatos profesionales, que esos, al menos, cubren expediente. Los
dos grandes sindicatos, son apéndices políticos, mantenidos por la
política, clubes privados que protestan por sus recortes, no por los
de todos. Y, como el cansino "mocito", o el famosillo
friki, sólo se preocupan de chupar cámara. Dejadnos en paz, tenemos
mejores slóganes que vosotros y muchas mejores razones para estar en
la calle. Vuestro sitio está en la cola de las manifestaciones, como
el coche escoba, recogiendo lo que no habéis sabido defender.
sábado, 26 de mayo de 2012
El balón es diferente según el campo donde se encuentre.
¿El fútbol es un deporte? Lo pregunto porque mirando el twitter me he quedado alucinada leyendo barbaridades de todo tipo contra políticos, vascos, catalanes y público en general. Algunos comentarios rozaban la apología del terrorismo, por ejemplo: gasearía el estadio. Me parece muy fuerte. No se si los que están haciendo esos comentarios están viendo el partido o mirando a la grada con prismáticos. O lo mismo están mal de la cabeza. Y de la lengua también. La verdad, no se si lo están pasando bien o mñas bien lo están pasando fatal. Deberían poner a Dora la Exploradora, es mucho más instructivo, incluso se aprende inglés. En Dora la Exploradora te enseñan cómo hacer desistir a un ladrón (el zorro) de que robe, con sólo decirle swiper no robes, swiper no robes, swiper no robes. Así de fácil. Deberíamos aprender de Dora y decirle eso de "swiper, no robes" a más de cuatro que hay por ahí. Tanto fútol ni ná de ná.
martes, 1 de mayo de 2012
Mi cruz de mayo
Llegué al hotel que previamente tenía reservado. Era muy temprano. Hacía frío. Tras hacer cola en recepción, donde me tomaron los datos y me colocaron una pulsera ("el todo incluido", pensé yo), me senté a esperar que el botones llegara para llevarme a mi habitación. Novena planta. Preciosas vistas. Aparentemente el lugar era tranquilo, aunque nada acabó siendo como parecía ser. Nada más soltar mi mochila, aparece la recepcionista de la planta y me entrega un camisón. ¡Pero, oiga, si casi me acabo de levantar, cómo voy a acostarme otra vez!. Nadie me hizo caso, así que yo tampoco le hice caso al camisón que quedó allí, tirado en la cama, mientras yo me dedicaba a averiguar cómo funcionaba el mando de la cama articulada. Ahora subo los pies, ahora subo la cabeza, ahora me quedo pillada como el jamón de un sandwich,.... ahora sí, ya lo domino. Vuelve a entrar la recepcionista y me pregunta si quiero desayunar. Yo ya vengo desayunada, muchas gracias. ¡Ay, si llego a saber lo que el día daría de sí, acepto el desayuno seguro! Pues póngase el camisón que enseguida comienzan las actividades que el hotel le tiene preparadas. Está bien, es rara esta situación, llegar a un sitio desconocido y que te quiten la ropa... tiene su punto; o te pone los pelos de punta, depende. Mi vecina me pregunta cosas de mi vida y me cuenta que es la sexta vez que visita este hotel. Debe ser bueno, pensé yo, porque con la de hoteles que hay, repetir tantas veces será por algo ¿no? Ahora entra en la habitación una especie de comité de recepción, todos uniformados, y me preguntan si estoy preparada. No, contesto yo. Se ríen, sueltan una retahíla y se largan. Miro a mi vecina. Mi vecina me mira. Dos segundos de silencio y me sigue contando sus historias. De repente, el botones, ¡vamos señora que nos están esperando! ¿Señora soy yo? definitivamente tengo que mirarme lo de las patas de gallo. Me meten en una limusina con otros turistas. Tras un corto pero azaroso trayecto, nos bajan y nos instalan en una habitación. Sin instrucciones. Sólo esperar. Y a mí que me suena tu cara, me dice una de las turistas. Pues... a ver, repasemos dónde hemos podido coincidir. El reducido espacio, la inquietud de no saber y un tiempo sin tiempo, hicieron surgir lazos de calidez y de apoyo mutuo, de sentimientos sinceros y fuertes. Quizás sólo yo lo vea así, pero creo que nunca voy a olvidar ese momento, ni las caras, ni los nombres, ni la valentía, ni la fortaleza. Pero, sobre todo, creo que nunca voy a olvidar el llanto de un bebé, tan cercano, llenando todo el aire tóxico y radioactivo de aquél espacio, y el sentimiento de impotencia.
Durante varias horas, por turnos, nos pasaban a una habitación donde la desconfianza crecía al mismo tiempo que la amabilidad de la gente que te atendía. Más amable, más mosqueo. También por turnos almorzamos y merendamos. Resultó bastante cómico intentar quitar la tapa de plástico que cubría la taza de leche, sin derramarla. Es curioso cómo en estos lugares, las comidas marcan los tiempos. Cada bandeja te dice las horas que han pasado y las que quedan por pasar. Realmente patético y patéticamente real.
¡Vámonos, la limusina está en la puerta! Llegamos de nuevo al hotel y pienso que no volveré a ver a las personas con las que he pasado la tarde. Me despido. Me encantaría veros de nuevo, mucha suerte. Adiós.
La noche parece no llegar, el reloj parado, otra bandeja, ya queda menos, quiero dormir, no puedo dormir, no quiero pensar, no dejo de pensar.....uf, me duermo al final.
Lo que sigue a continuación, tan previsto y tan imprevisto, me viene a la mente a base de flashes que, con más paciencia ajena que propia, y a base de preguntar miles de veces lo mismo, he conseguido hilar de forma más o menos coherente.
Recuerdo pensar "llegó la hora" y sentir ese pellizco en el estómago, mezcla de .... ¿de qué? Mientras mi cama se desliza rauda por pasillos llenos de gente, casi chocando con paredes, yo intento despedirme, pero no me resulta posible, todo va tan rápido... ¡Ahí va, el comité de bienvenida otra vez!; me sonríen de nuevo, me mosqueo, trato de sonreír también. Sé que voy a perder la conciencia y me gustaría saber cómo y cuándo.
No veo nada. No escucho nada. No siento nada. Tampoco me importa nada. Abro los ojos. ¿Dónde estoy? ¿qué hacemos aquí? ¿qué cubre mi boca y mi nariz? Respiro hondo y soplo. Me duermo. ¿Alguien me ha dicho algo?
Vuelvo a deslizarme por pasillos, muy rápido. Veo las caras que esperaba, a tropezones. Ahora si sonrío, sin esfuerzo. Noto que todo ha ido bien. Siento paz y sueño, mucho sueño. Un sueño blanco, sin imágenes. Me cuentan que durante mi largo levitar se acercó hasta mí una de las turistas con las que pasé la tarde anterior y me dijo, "todo ha salido muy bien", y que yo le sonreí y apreté su mano sin ser capaz de articular palabra. Y me viene esa imagen a la cabeza y me parece recordarlo, pero no lo sé. Me encantaría recordarlo y poder darle las gracias. Este gesto me confirma que aquella tarde no sólo fue especial para mí. Me gusta que esto sea así.
Ahora no hay bandejas, el tiempo no pasa. Llega otra noche, llega otra mañana. Y dejo el hotel. Terminan las cruces de mayo, todas menos la mía. Aquí sigue, erguida, aguantando la lluvia de estos días, con sus flores chuchurridas. Trato de componerla pero.... hay que cosas que no tienen apaño. No importa, tengo que seguir. Otra vez el pellizco en el estómago, mezcla de.... ¿de qué?
No veo nada. No escucho nada. No siento nada. Tampoco me importa nada. Abro los ojos. ¿Dónde estoy? ¿qué hacemos aquí? ¿qué cubre mi boca y mi nariz? Respiro hondo y soplo. Me duermo. ¿Alguien me ha dicho algo?
Vuelvo a deslizarme por pasillos, muy rápido. Veo las caras que esperaba, a tropezones. Ahora si sonrío, sin esfuerzo. Noto que todo ha ido bien. Siento paz y sueño, mucho sueño. Un sueño blanco, sin imágenes. Me cuentan que durante mi largo levitar se acercó hasta mí una de las turistas con las que pasé la tarde anterior y me dijo, "todo ha salido muy bien", y que yo le sonreí y apreté su mano sin ser capaz de articular palabra. Y me viene esa imagen a la cabeza y me parece recordarlo, pero no lo sé. Me encantaría recordarlo y poder darle las gracias. Este gesto me confirma que aquella tarde no sólo fue especial para mí. Me gusta que esto sea así.
Ahora no hay bandejas, el tiempo no pasa. Llega otra noche, llega otra mañana. Y dejo el hotel. Terminan las cruces de mayo, todas menos la mía. Aquí sigue, erguida, aguantando la lluvia de estos días, con sus flores chuchurridas. Trato de componerla pero.... hay que cosas que no tienen apaño. No importa, tengo que seguir. Otra vez el pellizco en el estómago, mezcla de.... ¿de qué?
Suscribirse a:
Entradas (Atom)