Hay que ver lo complicado que resulta hablar con estas personas que intentan adivinarte el pensamiento. Por ejemplo, tú estás contando "....y cuando llegué a la tienda...", y esta persona te dice "ya habían cerrado", o por ejemplo, "me pusieron una ensaladilla..." y el otro "que estaba asquerosa" . Sí, vale, has acertado¡pero déjame terminar mis frases, que para eso son mías".
Luego están los rellena-huecos. Con estas personas no puedes titubear ni un segundo, porque van y te colocan la palabra que te falta. Son los comodines de las conversaciones, no se te queda ninguna frase con puntos suspensivos, te las completan todas. Veamos un par de ejemplos, uno dice, "eso tarda.......", y el otro "la intemerata"; uno dice, "me hinché de llorar con la película, era..." y el otro, que encima ni ha visto la película ni nada, remata tu frase con "un auténtico drama".
Otra complicación de las conversaciones es toparse con un sordo que oye. Puedes hablar fácilmente con esta persona, pero también es fácil que acabes mandándola a freír espárragos al poco rato de iniciar la conversación. Es necesario repetirlo todo, dos o tres veces. ¿Qué pasa, por qué no te enteras de lo que te estoy diciendo? No, si yo te oigo, pero, que no te entiendo, dímelo otra vez, por favor. O bien te dice: si, te estoy oyendo, pero justo me he acordado de una cosa, en relación con lo que estás contando oye, y he perdido el hilo un momento, ¡anda, no te enfades, dímelo otra vez, Sam! A estos sordos les preguntas de qué color es el caballo blanco de Santiago y te contestan "verde limón".
¿Y qué me dices de los porteros de las conversaciones? No dejan meter ni un gol. Siempre tienen sus historias preparadas para contártelas, lo único que necesitan es que tú intentes contarle una tuya. Es empezar con algo como...."ayer fui al cine....." y ahí terminas, porque el portero te planta delante de tu cara sus guantes de fútbol, en señal de stop, y te cuenta las tres últimas películas que ha visto, más los estrenos de los próximos dos meses y algún que otro apunte sobre actores famosos. Luego, si te quedan ganas de hablar de cine, a lo mejor tienes ocasión de añadir algo de esa película que fuiste a ver.
Así no hay quien mantenga una conversación entretenida, salvo que analices a tu interlocutor y entonces, a lo mejor te da risa.
Tengo que reconocer que un espíritu maligno se ha apoderado de mí y me obliga a boicotear todas las conversaciones con estas actitudes, adivinatoria, rellena-huecos, sorda-oyente, portera de conversaciones. Si un día, charlando conmigo, ves que hago algo de esto, (o todo a la vez, que yo cuando me pongo....), recuerda, no soy yo, es ese espíritu maligno. Ten piedad. Amén.
Las tres cuartas partes de mi actividad son mentales. Pienso que paso demasiado tiempo pensando. Pienso que tengo que pensar menos y hacer más. Pienso que pensar tiene su tiempo, y lo tengo que encontrar.
miércoles, 10 de octubre de 2012
domingo, 7 de octubre de 2012
Loca por la moda
Estoy hasta el mismísimo moño de la moda. La moda es un auténtico cachondeo. ¿Cómo es posible que una persona, de profesión diseñador/a, se monte un desfile de extravagancias... Un momento, fíjate en esta palabra: extra-vagancia, o sea, que los extravagantes son los más perros del mundo entero, doble ración de holgazanería. Así si lo entiendo: esas modelos de pasarelas, vestidas de cualquier manera, que no les pega nada con nada, con esos nidos de águilas en las cabezas y esos tacones que parecen los zapatos de los gigantes y cabezudos, y esas sombras de ojos puestas a puñados, la gomina a granel, en fin, un desastre, un trabajo extra-vagante, de no haberle puesto ni una pizca de interés, vaya. Aunque eso es lo de menos, porque salga lo que salga por la pasarela, las mamarrachadas más grandes que te puedas imaginar, la gente aplaude y pone cara de asombro, como si les fuese a dar el síndrome de Stendhal. ¡Ay, cuánta tontería!
Y luego están las otras modas, la de la dieta dukan, los cruceros por los fiordos, no fumar, el reciclaje, la bicicleta, el viaje a New York, comprar por internet, el wassup, y mil quinientas veintisiete cosas más.
A ver si nos aclaramos, jolines, que me voy a volver loca con tanta americanada. ¿Para qué quiero yo parecerme a los americanos, sin son unos obesos hartos de perritos calientes, o modernos estresados que fuman a escondidas y cuando se deprimen se meten en la cama con un bote de helado a ver películas tristes en la tele?
Estamos llegando a unas situaciones ridículas. Ahora cuando fumo, para no molestar a nadie, exhalo el humo en una bolsa reciclable, escondiéndome de las miradas acusadoras de quien te ve fumar y piensa que eres una suicida-asesina detestable. Pero tengo un gran problema, ¿en qué contenedor debo depositar mis bolsas de humo? Nadie sabe. Les voy a alquilar un piso y me voy a hacer un seguro, por si se me explotan y genero una nube tóxica que ponga el ambiente más negro de lo que está.
Te fumas un pitillo y eres una delincuente. Espero que dentro de unos años no nos digan los diseñadores de la vida, que el tabaco es bueno para la salud, o que los perritos calientes son una delicatessen, o que tanto deporte no es bueno porque incremente notablemente el número de lesiones, o que ir a los fiordos noruegos es una tontería, con el frío que hace allí y lo bien que se ve todo por la tele. Si eso ocurriera, y es bastante probable, explotaré todas mis bolsas de humo en venganza, alegando después locura transitoria, por culpa de la moda.
Y luego están las otras modas, la de la dieta dukan, los cruceros por los fiordos, no fumar, el reciclaje, la bicicleta, el viaje a New York, comprar por internet, el wassup, y mil quinientas veintisiete cosas más.
A ver si nos aclaramos, jolines, que me voy a volver loca con tanta americanada. ¿Para qué quiero yo parecerme a los americanos, sin son unos obesos hartos de perritos calientes, o modernos estresados que fuman a escondidas y cuando se deprimen se meten en la cama con un bote de helado a ver películas tristes en la tele?
Estamos llegando a unas situaciones ridículas. Ahora cuando fumo, para no molestar a nadie, exhalo el humo en una bolsa reciclable, escondiéndome de las miradas acusadoras de quien te ve fumar y piensa que eres una suicida-asesina detestable. Pero tengo un gran problema, ¿en qué contenedor debo depositar mis bolsas de humo? Nadie sabe. Les voy a alquilar un piso y me voy a hacer un seguro, por si se me explotan y genero una nube tóxica que ponga el ambiente más negro de lo que está.
Te fumas un pitillo y eres una delincuente. Espero que dentro de unos años no nos digan los diseñadores de la vida, que el tabaco es bueno para la salud, o que los perritos calientes son una delicatessen, o que tanto deporte no es bueno porque incremente notablemente el número de lesiones, o que ir a los fiordos noruegos es una tontería, con el frío que hace allí y lo bien que se ve todo por la tele. Si eso ocurriera, y es bastante probable, explotaré todas mis bolsas de humo en venganza, alegando después locura transitoria, por culpa de la moda.
jueves, 4 de octubre de 2012
Si bebes, no te mudes.
Odio las mudanzas. A este ordenador pongo por testigo que la próxima vez que quieran mudarme, me hago la muerta. Es horroroso, ¿cómo es posible acumular tanta cosa inútil? y lo peor de todo es que esas inutilidades se mudan también, ¿por qué? porque siempre dices "ya aprovecho y hago limpieza y me deshago de todo lo que me sobra", pero ¿qué pasa después? que cuando ya llevas un rato y ves que la limpieza va a durar más que la mudanza, entonces dices: "bueno, si eso, ya sigo tirando cosas, justo antes de colocarlas en el nuevo sitio". Y luego, empiezas a colocar las cosas y como tampoco se acaba nunca, te vuelves a decir: "mira, yo ahora no puedo pararme con esto. Lo coloco todo y otro día termino la limpieza". O sea, que al final, has tirado cuatro papeles y te has llevado toda la morralla contigo, y encima le has quitado hasta el polvo para colocarla en su sitio. Qué nos gustan los cacharritos.
Llevo toda la semana de mudanza en el trabajo. Ahora estamos ya en la tercera fase "lo coloco todo y ya iré tirando cosas, si eso". Esta mudanza ha tenido momentos gloriosos, como el de aquella mañana que apareció la cuadrilla con refuerzos, concretamente uno de estos refuerzos era un condenado a realizar trabajos en beneficio de la comunidad. Menos mal que el juez no revisa la eficacia del cumplimiento, porque con un tipo como éste, ya te puedes dar con un canto en los dientes, si en lugar de obtener beneficios la comunidad, consigues que la comunidad no sufra ningún percance. Y me explico. No es que yo esté diciendo esto porque ese hombre viniera a cumplir una condena, que, oye, todos somos humanos y un fallo lo tiene cualquiera. Pero.....por favor, llegar a las ocho de la mañana con una tajada del quince en lo alto....pues ya te da una idea de la ayuda que va a prestar el susodicho. Yo tardé en darme cuenta. En principio pensé que el hombre tenía algún problema, porque la expresión de su cara, mezcla de sonrisa y de sueño, no me cuadraba mucho. No era risa precisamente lo que entraba cuando veías la cantidad de cosas que había que transportar. A continuación, este buen hombre, después de dar cuatro vueltas, muy lentamente, por el poco espacio que quedaba libre en el suelo, se decide a hablar. Mi compañera y yo nos miramos como diciendo ¡ah, es extranjero!. Pero no, no era extranjero, era de aquí del pueblo, de toda la vida, pero no se le entendía ni papa. Lo que nos dio la pista de su verdadero estado de embriaguez fue, el olfato de mi jefa y su mala suerte, ya que al pasar por el lado de este hombre, al tipo no se le ocurre otra cosa que soltarte un eructo de aguardiante, tan fuerte, que mi jefa al día siguiente tenía resaca, pero, eso sí, ese día se le quitaron los dolores de cuello como consecuencia de la anestesia recibida por vía nasal. Lo siguiente fué un auténtico sainete. El hombre, por fin decide hacer algo más que estorbar al resto de la cuadrilla, que tenía que sortearlo para poder pasar. Se agacha con las piernas rectas, sin doblar las rodillas, agarra una caja llena de libros del suelo y, como impulsado por un resorte a cámara lenta, levanta la caja. Pero, en cuanto encontró la vertical, ese hombre parecía un equilibrista sobre una fina cuerda a cincuenta metros del suelo. ¡Qué tambaleo más grande! Al final lo consiguió, sacó la caja de allí. Lo que ese personaje hizo el resto del día no vale la pena ni contarlo, porque recordarlo y cabrearse es todo uno. Así que ya sabes, si bebes, no te mudes.
Llevo toda la semana de mudanza en el trabajo. Ahora estamos ya en la tercera fase "lo coloco todo y ya iré tirando cosas, si eso". Esta mudanza ha tenido momentos gloriosos, como el de aquella mañana que apareció la cuadrilla con refuerzos, concretamente uno de estos refuerzos era un condenado a realizar trabajos en beneficio de la comunidad. Menos mal que el juez no revisa la eficacia del cumplimiento, porque con un tipo como éste, ya te puedes dar con un canto en los dientes, si en lugar de obtener beneficios la comunidad, consigues que la comunidad no sufra ningún percance. Y me explico. No es que yo esté diciendo esto porque ese hombre viniera a cumplir una condena, que, oye, todos somos humanos y un fallo lo tiene cualquiera. Pero.....por favor, llegar a las ocho de la mañana con una tajada del quince en lo alto....pues ya te da una idea de la ayuda que va a prestar el susodicho. Yo tardé en darme cuenta. En principio pensé que el hombre tenía algún problema, porque la expresión de su cara, mezcla de sonrisa y de sueño, no me cuadraba mucho. No era risa precisamente lo que entraba cuando veías la cantidad de cosas que había que transportar. A continuación, este buen hombre, después de dar cuatro vueltas, muy lentamente, por el poco espacio que quedaba libre en el suelo, se decide a hablar. Mi compañera y yo nos miramos como diciendo ¡ah, es extranjero!. Pero no, no era extranjero, era de aquí del pueblo, de toda la vida, pero no se le entendía ni papa. Lo que nos dio la pista de su verdadero estado de embriaguez fue, el olfato de mi jefa y su mala suerte, ya que al pasar por el lado de este hombre, al tipo no se le ocurre otra cosa que soltarte un eructo de aguardiante, tan fuerte, que mi jefa al día siguiente tenía resaca, pero, eso sí, ese día se le quitaron los dolores de cuello como consecuencia de la anestesia recibida por vía nasal. Lo siguiente fué un auténtico sainete. El hombre, por fin decide hacer algo más que estorbar al resto de la cuadrilla, que tenía que sortearlo para poder pasar. Se agacha con las piernas rectas, sin doblar las rodillas, agarra una caja llena de libros del suelo y, como impulsado por un resorte a cámara lenta, levanta la caja. Pero, en cuanto encontró la vertical, ese hombre parecía un equilibrista sobre una fina cuerda a cincuenta metros del suelo. ¡Qué tambaleo más grande! Al final lo consiguió, sacó la caja de allí. Lo que ese personaje hizo el resto del día no vale la pena ni contarlo, porque recordarlo y cabrearse es todo uno. Así que ya sabes, si bebes, no te mudes.
lunes, 1 de octubre de 2012
Tiempo de des-espera.
Hoy he tenido que ir a reconocimiento médico. Esto es de lo más estrambótico que he hecho últimamente. Chiste malo: Imaginen que la doctora y yo era la primera vez que nos veíamos, ¿cómo vamos a re-conocernos? De hecho, ahora que lo pienso, ni siquiera sé su nombre. Ni falta que me hace. ¿Acaso se va a acordar ella del mío? Además, ¡que se hubiera presentado! porque ella tenía mi nombre allí escrito, en algún papel, pero a mí nadie me ha dado una tarjeta suya ni nada de eso. Sí, ya lo sé, era una sustituta, pero, hasta donde yo sé, los sustitutos son personas con sus propios nombres y apellidos. No asumen los de los sustituidos. Bueno, que esa no es la cuestión. El asunto que me trae hoy aquí es el de la enfermera que atendía esa enorme sala, que hoy estaba casi vacía. Eran las cuatro de la tarde. Es la segunda vez que acudo a esa sala. La primera vez era por la mañana. La sala estaba llena, a rebosar. Yo tenía un nombre apuntado en un papel "Dr. Fulanito". Mi cita era para las diez de la mañana. A las diez menos cuarto allí estaba yo, de pie, con mi hermana, esperando a que alguien dijera mi nombre por megafonía. No había ni un solo sitio para sentarse. Y también estaba a las once, y a las doce, y a las una y a las dos. Y por supuesto, esto no es una canción de Sabina, es la realidad misma. Como es de imaginar, no estábamos esperando pacientemente, sino hechas unas energúmenas. Yo más que mi hermana. La pobre intentaba hacerme reír para suavizar el tremendo cabreo, que a eso de las once y media ya se había apoderado de todo mi ser. Sobre las una, mi hermana, temiéndose lo peor, se atrevió a asomarse a la puerta de la consulta del Dr. Fulanito y le dijo amablemente, "mire ud. señor, es que teníamos cita a las diez y...." Yo, que estaba detrás de ella y por mi estatura no veía nada, metí la cabeza por un hueco que quedaba entra la puerta y la hermana y, en ese momento, oí al dr. fulanito (se acabaron las mayúsculas para nombrarle) decir algo así como "señora, es que las horas de las citas son aproximadas, no son exactas. Ay, ay, lo que me entró en ese momento. No me pude aguantar y grité ¡y se queda tan tranquilo! ¡esto es increíble!.
Vamos a ver, ¿desde cuándo puede hablarse de aproximación entre las diez de la mañana y la una de la tarde? ¿estamos locos, o qué? Pues ahí me quedé, hasta las dos de la tarde, más o menos. A esa hora ya había asientos libres, ¡todos!. Allí se coló una que llegó a las once y entró a las once y cuarto porque decía que tenía un bulto. Vale, y el resto de personal ¿qué teníamos, ganas de cachondeo, o qué? En serio, no puedo entenderlo.
Cuando por fin entré, la verdad, a mí me habría gustado decirle de todo menos bonito. Me aguanté todo lo que pude. El hombre empezó como a disculparse, tratando de explicar lo inexplicable, pidiendo comprensión. Y UNA MIERDA. Eso es lo que yo te estoy pidiendo a tí, SINVERGÜENZA, comprensión. O mejor dicho, que me expliques, a ver si lo comprendo, ¿para qué me citas a las diez? No es sólo el tiempo esperando, de pie, en una sala repleta de gente, irrespirable, estresante, angustiosa. Es que encima no te puedes mover de allí, porque cada vez que preguntas te dicen que ya te van a llamar, y no te atreves a ir ni a hacer pis. No es justo. Es desorganización y poca humanidad.
Después de esto, conocí a varias personas que también visitaban aquella sala de vez en cuando, y todas me preguntaban, ¿a ti qué doctor te ha tocado? y yo decía ¿las narices? no, es broma, yo les decía, dr. fulanito, y siempre escuchaba lo mismo ¡qué suerte! ¡ese es el mejor!. ¿Ah sí, he tenido suerte con él? Pues él no ha tenido suerte conmigo.
Por cierto, que yo lo que quería contar es lo de la enfermera que atendía la enorme sala, pero bueno, ya, si eso, lo dejamos para otro día.
Vamos a ver, ¿desde cuándo puede hablarse de aproximación entre las diez de la mañana y la una de la tarde? ¿estamos locos, o qué? Pues ahí me quedé, hasta las dos de la tarde, más o menos. A esa hora ya había asientos libres, ¡todos!. Allí se coló una que llegó a las once y entró a las once y cuarto porque decía que tenía un bulto. Vale, y el resto de personal ¿qué teníamos, ganas de cachondeo, o qué? En serio, no puedo entenderlo.
Cuando por fin entré, la verdad, a mí me habría gustado decirle de todo menos bonito. Me aguanté todo lo que pude. El hombre empezó como a disculparse, tratando de explicar lo inexplicable, pidiendo comprensión. Y UNA MIERDA. Eso es lo que yo te estoy pidiendo a tí, SINVERGÜENZA, comprensión. O mejor dicho, que me expliques, a ver si lo comprendo, ¿para qué me citas a las diez? No es sólo el tiempo esperando, de pie, en una sala repleta de gente, irrespirable, estresante, angustiosa. Es que encima no te puedes mover de allí, porque cada vez que preguntas te dicen que ya te van a llamar, y no te atreves a ir ni a hacer pis. No es justo. Es desorganización y poca humanidad.
Después de esto, conocí a varias personas que también visitaban aquella sala de vez en cuando, y todas me preguntaban, ¿a ti qué doctor te ha tocado? y yo decía ¿las narices? no, es broma, yo les decía, dr. fulanito, y siempre escuchaba lo mismo ¡qué suerte! ¡ese es el mejor!. ¿Ah sí, he tenido suerte con él? Pues él no ha tenido suerte conmigo.
Por cierto, que yo lo que quería contar es lo de la enfermera que atendía la enorme sala, pero bueno, ya, si eso, lo dejamos para otro día.
viernes, 28 de septiembre de 2012
Vamos a contar manías, tralará... (el desenlace)
Tanto orden en el armario no puede ser normal, ¿o sí? Le resultaba mucho más agradable asomarse a su armario que al balcón, ¡con el desorden que hay en la calle! Lo cierto es que ya había tomado una decisión, liberarse de sus manías. Pero... el armario mejor otro día. Volvió al salón y torció levemente un par de cuadros. Sonó su teléfono y tuvo el impulso de ir corriendo a cogerlo, para evitar que terminara antes la llamada, quedando esa lucecita intermitente que te avisa que tienes una llamada perdida o que has recibido un mensaje, correo, wassup.... Esa lucecita le ponía de los nervios. No soportaba tener avisos pendientes, ni en el teléfono, ni en el correo, ni siquiera en el buzón, como si las cartas fuesen a desintegrarse en un plazo de horas.
Se detuvo, no lo cogió y la llamada terminó. Allí estaba la luz, eah. ¿Cuánto rato podría soportar verla?
Fue de nuevo a la cocina y se preparó una tila. La mañana iba a ser muy larga, tan larga como su lista de manías propias y ajenas. Mientras tomaba la infusión se preguntaba el porqué de esa cruzada anti-manías. Sin duda la culpa era del bollo de pan. Ahí empezó todo, por las migas.
En ese momento sonó el despertador. Eran las 6'30 de la mañana. Se levantó, se aseó, buscó en la maraña de su armario algo que ponerse, se tomó un café instantáneo y tres galletas y salió corriendo para el trabajo. Aún era miércoles, una semana muy larga, pensó. Salió a la calle, cogió su autobús y, como cada día, se dedicó durante el trayecto a curiosear las caras de la gente que viajaba con él, intentando averiguar sus pensamientos. Uy, esa de ahí tiene cara de maniática. Esta tarde, sin falta, voy a comprar el portarrollos para el cuarto de baño, que llevo cinco años diciendo que lo voy a poner, y de paso, a ver si saneo el rincón de los folletos, que van a llegar al techo. Uf, el armario.... el armario, mejor otro día.
************************
Gracias a tod@s los que habéis contribuido con esta historia. Especialmente a Gloria, Nuria, Nati, Mª José, Sole, Mía, Juana, Virginia y a Il Cavaliere por sus comentarios.
Se detuvo, no lo cogió y la llamada terminó. Allí estaba la luz, eah. ¿Cuánto rato podría soportar verla?
Fue de nuevo a la cocina y se preparó una tila. La mañana iba a ser muy larga, tan larga como su lista de manías propias y ajenas. Mientras tomaba la infusión se preguntaba el porqué de esa cruzada anti-manías. Sin duda la culpa era del bollo de pan. Ahí empezó todo, por las migas.
En ese momento sonó el despertador. Eran las 6'30 de la mañana. Se levantó, se aseó, buscó en la maraña de su armario algo que ponerse, se tomó un café instantáneo y tres galletas y salió corriendo para el trabajo. Aún era miércoles, una semana muy larga, pensó. Salió a la calle, cogió su autobús y, como cada día, se dedicó durante el trayecto a curiosear las caras de la gente que viajaba con él, intentando averiguar sus pensamientos. Uy, esa de ahí tiene cara de maniática. Esta tarde, sin falta, voy a comprar el portarrollos para el cuarto de baño, que llevo cinco años diciendo que lo voy a poner, y de paso, a ver si saneo el rincón de los folletos, que van a llegar al techo. Uf, el armario.... el armario, mejor otro día.
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Gracias a tod@s los que habéis contribuido con esta historia. Especialmente a Gloria, Nuria, Nati, Mª José, Sole, Mía, Juana, Virginia y a Il Cavaliere por sus comentarios.
lunes, 24 de septiembre de 2012
Vamos a contar manías, tralará... (capítulo 3º)
Si es que.... ¿quién no tiene una manía? Las manías nos amargan la vida. Te obligan a hacer cosas estúpidas y si, por casualidad, aprovechando los escasos momentos de lucidez, te dar por resistirte, consigues que te invada la intranquilidad y el ansia viva. Decidió asomarse a la ventana, para tomar un poco de aire fresco y salir del bucle maniático en que se encontraba. Vive en un cuarto piso, así que siempre que se asoma, mira primero hacia arriba, para ver cuántos vecinos del bloque de enfrente pueden observarle, y si no hay moros en la costa se pone a curiosear mirando a los pisos inferiores. En la planta tercera, vive esa pareja, con pinta de intelectuales, que van de pasotas por la vida pero.... ¡que va!, son unos maniáticos peligrosos. Aún están durmiendo. Lo sabe por la disposición de las persianas de las tres ventanas que dan a la calle. Todas colocadas milimétricamente, casi bajadas del todo. Dentro de una hora aproximadamente, el vecino se asomará con los pelos tiesos, y mientras bosteza irá ventana por ventana, subiendo las persianas. Eso es fácil, porque las subes a tope y ya está. Pero lo de bajarlas.... eso es para premio. No las baja totalmente, deja un espacio abierto, de un palmo más o menos. Las tres ventanas a la misma altura. Eso tiene que tener un significado psicológico (que "Il Cavaliere",comentarista de este blog, nos desvelará). Si él viviera en esa casa, atascaría la cinta de una de las persianas, sólo por ver la reacción del maniático "persianero".
¡No es posible, otra vez con las manías! Siente que se marea, que la cabeza le centrifuga. ¡Madrugar para esto, por Dios! ¿Qué me está pasando?
Sí, eso es lo que hay que hacer, armarse de valor y romper con la maldición de las manías. Ya. Ahora mismo. Lo chungo cuanto antes. Se dirigió al cuarto de baño y abrió la tapa del váter. Así es como tiene que estar, que es más cómoda de usar, no tanto rollo con el shi, con el sha. Sacó un rollo de papel del mueblecito y lo colocó encima de la cisterna. Que hay que ver que siempre se acaba el rollo cuando menos te lo esperas, y tienes que ir con el culo en pompa, medio agachado, a coger el maldito papel del maldito mueblecito.
Siguiente paso, el más difícil, el armario. Ya está frente a él, piensa unos segundos y tira de la puerta. Algo se le resiste, no en la puerta, sino en la intención. Está todo tan bien colocado, tan bien organizado, camisas, camisetas, pantalones. Esta armonía cromática convierte la pesadilla de "qué me pongo hoy", en "la hora feliz". No, no puede hacerlo. Abre un cajón, el de los calcetines, y ahí están todos, hechos unos rollitos de primavera, ¡pá comérselos!. (continuará)
¡No es posible, otra vez con las manías! Siente que se marea, que la cabeza le centrifuga. ¡Madrugar para esto, por Dios! ¿Qué me está pasando?
Sí, eso es lo que hay que hacer, armarse de valor y romper con la maldición de las manías. Ya. Ahora mismo. Lo chungo cuanto antes. Se dirigió al cuarto de baño y abrió la tapa del váter. Así es como tiene que estar, que es más cómoda de usar, no tanto rollo con el shi, con el sha. Sacó un rollo de papel del mueblecito y lo colocó encima de la cisterna. Que hay que ver que siempre se acaba el rollo cuando menos te lo esperas, y tienes que ir con el culo en pompa, medio agachado, a coger el maldito papel del maldito mueblecito.
Siguiente paso, el más difícil, el armario. Ya está frente a él, piensa unos segundos y tira de la puerta. Algo se le resiste, no en la puerta, sino en la intención. Está todo tan bien colocado, tan bien organizado, camisas, camisetas, pantalones. Esta armonía cromática convierte la pesadilla de "qué me pongo hoy", en "la hora feliz". No, no puede hacerlo. Abre un cajón, el de los calcetines, y ahí están todos, hechos unos rollitos de primavera, ¡pá comérselos!. (continuará)
domingo, 23 de septiembre de 2012
Vamos a contar manías, tralará.... (capítulo 2º)
Esta segunda opción, en principio, .... No. Ni de coña. Sin duda, esta segunda opción era la peor. Casi sin darse cuenta, cogió la bayeta y quitó las migas de pan, dejando la encimera limpia. Asunto resuelto.
Optó por pensar en otra cosa y dejarse de tonterías. Entró en la habitación sigilosamente para buscar una camiseta. Tenía sensación de frío aunque sabía que no hacía, pero cada mañana, al levantarse de la cama y posar su pie derecho sobre el suelo, notaba ese frío que ya le acompañaba hasta después de la ducha, momento en que su cuerpo se ajustaba a la temperatura real. Abrió el armario. Todo estaba en perfecto orden, como siempre. Buscó en el cajón de las camisetas de estar en casa, eligió una y salió de allí. Fue al salón y cogió un folleto del Hipercor que encontró en ese espacio de la estantería donde se depositan los folletos que van llegando. Periódicamente él revisa este hueco para que no se acumulen folletos antiguos. ¿Por qué? porque acumular cosas inútiles da mala energía, carga el ambiente. Lo leyó en el libro de Feng Shui que compró en el Círculo de Lectores hace ya algunos años. Volvió a la cocina, se sirvió otra taza de café y se puso a ojear el folleto. En la hoja número tres había una oferta de barras de pan, segunda barra al cincuenta por ciento. Pensó de nuevo en las migas de pan. ¿Por qué tenía que respetar las manías de los demás? ¿No era suficiente con padecer las suyas propias? por ejemplo, esa terrible locura, que es la manía en grado superior, de sumar los números de las matrículas de los coches que veía desde la ventanilla del autobús, camino del trabajo. Era algo que hacía desde pequeño, surgido posiblemente de algún juego infantil, o de una apuesta con algún amiguete del barrio; pero con los años, se había convertido en una función automática de su cuerpo, que se activaba ante la presencia de matrículas. Sumar y sumar sin parar, de derecha a izquierda, de izquierda a derecha... Si en algún momento del trayecto dejaba de ver matrículas, era como tornar a la realidad de golpe. Paraba en seco y miraba rápidamente al interior del autobús para ver si alguien se había dado cuenta de la tremenda gilipollez que estaba haciendo. Entonces no volvía a mirar por la ventanilla (hasta el trayecto de vuelta).
Claro que esto de las manías quizás tenía un componente genético ¿o a qué viene que su hermana tienda la ropa poniendo las pinzas del mismo color que la prenda que tiende? bragas celestes, pinza celeste, calcetín blanco, pinza blanca, camiseta de colores, puedes elegir pinza o poner una de madera, que es la pinza comodín. ¿eso dónde se ha visto o leído? Y lo de su primo Antonio no tiene nombre. Cada vez que tiene que hacer una gestión pierde un par de kilos. Es ponerse a buscar documentos y se caga las patas abajo, pero literalmente ¿eh?. Qué nervios, oye.
Aunque no es su familia la única afectada por este problema. Su compañera de trabajo, sin ir más lejos, cada vez que busca algo en el bolso, lleve el bolso que lleve, siempre saca ese delfín de cristal amarillo, como si el delfín tapara todo el interior del bolso y no viera nada con él. Qué cosas. Seguro que el delfín tiene nombre y todo. Si es que.... (continuará)
Optó por pensar en otra cosa y dejarse de tonterías. Entró en la habitación sigilosamente para buscar una camiseta. Tenía sensación de frío aunque sabía que no hacía, pero cada mañana, al levantarse de la cama y posar su pie derecho sobre el suelo, notaba ese frío que ya le acompañaba hasta después de la ducha, momento en que su cuerpo se ajustaba a la temperatura real. Abrió el armario. Todo estaba en perfecto orden, como siempre. Buscó en el cajón de las camisetas de estar en casa, eligió una y salió de allí. Fue al salón y cogió un folleto del Hipercor que encontró en ese espacio de la estantería donde se depositan los folletos que van llegando. Periódicamente él revisa este hueco para que no se acumulen folletos antiguos. ¿Por qué? porque acumular cosas inútiles da mala energía, carga el ambiente. Lo leyó en el libro de Feng Shui que compró en el Círculo de Lectores hace ya algunos años. Volvió a la cocina, se sirvió otra taza de café y se puso a ojear el folleto. En la hoja número tres había una oferta de barras de pan, segunda barra al cincuenta por ciento. Pensó de nuevo en las migas de pan. ¿Por qué tenía que respetar las manías de los demás? ¿No era suficiente con padecer las suyas propias? por ejemplo, esa terrible locura, que es la manía en grado superior, de sumar los números de las matrículas de los coches que veía desde la ventanilla del autobús, camino del trabajo. Era algo que hacía desde pequeño, surgido posiblemente de algún juego infantil, o de una apuesta con algún amiguete del barrio; pero con los años, se había convertido en una función automática de su cuerpo, que se activaba ante la presencia de matrículas. Sumar y sumar sin parar, de derecha a izquierda, de izquierda a derecha... Si en algún momento del trayecto dejaba de ver matrículas, era como tornar a la realidad de golpe. Paraba en seco y miraba rápidamente al interior del autobús para ver si alguien se había dado cuenta de la tremenda gilipollez que estaba haciendo. Entonces no volvía a mirar por la ventanilla (hasta el trayecto de vuelta).
Claro que esto de las manías quizás tenía un componente genético ¿o a qué viene que su hermana tienda la ropa poniendo las pinzas del mismo color que la prenda que tiende? bragas celestes, pinza celeste, calcetín blanco, pinza blanca, camiseta de colores, puedes elegir pinza o poner una de madera, que es la pinza comodín. ¿eso dónde se ha visto o leído? Y lo de su primo Antonio no tiene nombre. Cada vez que tiene que hacer una gestión pierde un par de kilos. Es ponerse a buscar documentos y se caga las patas abajo, pero literalmente ¿eh?. Qué nervios, oye.
Aunque no es su familia la única afectada por este problema. Su compañera de trabajo, sin ir más lejos, cada vez que busca algo en el bolso, lleve el bolso que lleve, siempre saca ese delfín de cristal amarillo, como si el delfín tapara todo el interior del bolso y no viera nada con él. Qué cosas. Seguro que el delfín tiene nombre y todo. Si es que.... (continuará)
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