Las tres cuartas partes de mi actividad son mentales. Pienso que paso demasiado tiempo pensando. Pienso que tengo que pensar menos y hacer más. Pienso que pensar tiene su tiempo, y lo tengo que encontrar.

miércoles, 8 de junio de 2016

Insert coin

No sé qué ocurre últimamente. Estoy agotada, física y mentalmente. Necesito unas vacaciones urgentes y remuneradas, como dios manda. Lo he visto claro cuando planchando una camiseta he encontrado en su bolsillo un cacahuete. Lo he planchado y ha pasado a ser un cacahuete tostado. Pero, mirando al pequeño tizón, tras su sesión distraída de rayos uva, no he podido evitar como si una voz de ultratumba me dijera, "niña, si es que pareces una máquina dispensadora". Y así es, así me siento, como una máquina desconchada, colocada en cualquier rincón de un centro comercial, mostrando en su gran cristal una variada cantidad de remedios, soluciones, consejos y alguna que otra bronca contenida. Llegar al trabajo es como si me enchufara y encendiera todas mis lucecitas atrae-consumistas. Petrificada veo pasar una tras otra a toda una colección de personas, a modo de paseo de los miis de la wii, tan iguales y tan distintos, que seleccionan producto y tiran de la palanca. ¡Tenemos la cláusula suelo, la tarificación adicional, el coche de segunda mano averiado, oiga! ¡Soluciones para todo! ¡ Tire de la palanca, señora, que yo le resuelvo su problema! ¡No se lo piense, señor, elija su solución entre la gran variedad de esta máquina! Es agotador. Ni siquiera me consuela la cara de satisfacción del que sabe que ha elegido el mejor producto. Y cuando dan las tres de la tarde y las luces se apagan, grito con todas mis fuerzas ¡GAME OVER! y hasta el día siguiente.

domingo, 5 de junio de 2016

No es un lunes cualquiera

El mejor día para ir a la playa, sin duda, es cualquier lunes de principios de verano. La playa te recibe con cansancio, con la resaca de los domingueros. Parece que mil batallas se hubieran librado en sus arenas y sus aguas. Y después de la tempestad, la calma. El lunes es el día de los que cierran por descanso del personal, de los guiris y sus hijos con extraño calendario escolar, de los jubilados, de los asuntos propios o de las vacaciones de ahora o nunca. En mi caso es el lunes de escapar para pensar. El lunes te permite ese espacio vital que no encuentras otro día. Ese silencio a tu alrededor que engrandece las olas, que te deja ver el horizonte. El lunes todo va más despacio, como queriendo alargar el día. El lunes precede al martes, ese otro día en que  vuelves a tu rutina y el lunes queda como el recuerdo de un momento feliz. Pero eso será mañana. Hoy, a explotar el día y cantar eso de "hoy será, será, será, mi primer día y mañana también, y el resto de mi vida....'

miércoles, 27 de abril de 2016

Asociación de ideas

Mira que plantarme en la provincia de Ávila y no comerme un chuletón... Tiene delito la cosa. Dos días completos, con sus noches incluidas y el menú tenía menos carne que un palillo de dientes sin estrenar. Mucha vaca, cabra y oveja rellenando el paisaje durante kilómetros, en los que se te iba haciendo la boca agua pensando en chuletas y quesos, para acabar recalando en mitad del campo, con preciosas vistas y con ranas, perros y pájaros de todo tipo y flores de lo más variado, dando con gente frugal, aficionada a la ecología y la vida sana. Oh my God, que diría mi amiga Mayte si se viera privada de tal manjar. Bueno, estoy segura que ella habría mandado la ecología a tomar viento y no habría parado hasta meterse entre pecho y espalda, un par de chuletones con medio queso de cabra, diciendo eso tan suyo de "esto está de mueeeerte".  A lo peor habría cogido una escopeta y habría puesto fin al cautiverio de la jabalí descomunal que habitaba en un corral perteneciente a la casa. Y luego, para bajar la comida se habría puesto a saltar en la cama elástica, dando gritos de alegría, y se habría subido a todos los árboles de los alrededores evocando su época de joven salvaje. Aún hoy es joven, y también un poco salvaje. Se le alegran los ojos cuando cuenta sus aventuras/locuras de adolescencia y dice ese famoso "riá" que nos hace reír y con el que indica un gesto brusco, que lo mismo sirve para retorcer el cuello a una gallina, que para arrearle un mamporro a algún indeseable. Y luego, al calor de la chimenea, tras un largo día en el que todos están destrozados, menos ella, que es como una central eólica, quizás hablando de películas y con el mismo entusiasmo que si fuesen las once de la mañana, te preguntaría ¿has visto la película tal o cual? y al contestarle que no, pondría cara de incredulidad exagerada, echando el cuerpo hacia atrás, como si el pecado mortal que es no conocer esa película la empujara, y diría ¿pero chica, cómo que no la ha visto? no puede ser. Pues es, Mayte, es, no la he visto, lo juro. Y entonces ella te hace un resumen a su manera, empezando por el final y mezclando las escenas más asombrosas con sus conclusiones. Y ahí interviene Diana, callada hasta entonces, y con cara entre risa y enfado la corrige y deja claro que cualquier parecido de su historia con la proyectada en el cine, es pura casualidad. Mayte se resiste un poco, pero al final claudica concediendo la razón a Diana y, en cuanto puede, cambia de tema. Es difícil enfadar a Mayte, antes se pone triste que cabreada, pero, en cualquier caso aguanta el tipo como nadie. Total, que nos quedamos sin chuletón, pero, la verdad, no me acordé de ello hasta que no pusimos rumbo al sur, y volví a ver las vacas, cabras y ovejas por esos campos verdes sin fin. Por suerte las gambas de Huelva están buenas en cualquier sitio y con buena compañía la comida es lo de menos. Y no, Mayte no vino a Ávila, pero le habría encantado.

lunes, 25 de abril de 2016

Tres eran tres y ninguna era buena.

Y no me refiero a mi amigas, que eran tres también y de las que podría escribir un libro si tuviera ganas, pero no es el caso. Aunque, por lo menos, las presentaré por sus nombres artísticos: La lirios, La niña de las hormigas y la señorita Pepi's. Andábamos celebrando tardíamente el cumpleaños de la lirios, como debe ser, a destiempo, alargando los plazos de las cosas buenas. Y mientras las horas transcurrían a su ritmo, la señorita Pepi's decidió que no hay cumpleaños que se precie que no tenga su sorpresa y así, cuando nadie lo esperaba, se puso blanca como la pared y se desvaneció. Para ser sincera dio más susto que sorpresa, y eso que la puñetera sonreía hasta desmayada y no paraba de decir que estaba bien, como si no hubiésemos sido capaces de entender su broma y lo que pegaba era reírse y no preocuparse. Pero que va, ni risa ni ostias, que diría Karra Elejalde, aquí se llama al 112 y punto. Y así lo hicimos, y nos llevamos otra sorpresa al comprobar que este servicio estaba compinchado con la señorita Pepi's y le seguía la macabra broma, sin darle mayor importancia al asunto. Pero no contaban con la astucia de la cumpleañera, ni con la de la niña de las hormigas, curtida esta última en historias de miedo y misterio, y así, ambas, haciendo alarde de rodaje en bromas pesadas, cogieron a la desmayada, la metieron en el coche y se la llevaron a urgencias. Al llegar al hospital, me planté en el  mostrador de admisiones para explicar lo ocurrido, lo más dramáticamente que podía y siguiendo al pie de la letra las indicaciones de la lirios, que me recalcó con insistencia que dijera que la desmayada se había puesto gris y había soltado un  ronquido, lo que en el guión de la sorpresa debía venir como efectos especiales, pero que en el argot hospitalario sonaría a ingreso en UCI. Pero qué frustración, apenas me dejaron hablar, un par de preguntas sobre datos personales de la enferma y nada más. Me dieron una pulserita de papel y varias etiquetas, como para seguir la fiesta con todo incluido. Pasé  a la sala de espera donde las tres amigas esperaban partidas de la risa, como si de una cámara  oculta se tratara. En seguida llamaron a "clasificación". No nos dieron los resultados de dicha clasificación, pero no debió  ser buena porque nos mandaron a otra sala de espera, creo que con la clara intención de castigarnos. Ya se sabe, quien ríe el último, ríe  mejor. Tomamos asiento en una banca pegada a la pared, para evitar ataques por sorpresa y sin imaginarnos que aquella sala de espera era, en realidad, el escenario de un sainete, de lo más divertido, al estilo de La Cubana, donde todo el público actuaba, entrando y saliendo por las diferentes puertas de las consultas, cada vez que su número, como en los 100 montaditos, sonaba por megafonía. Mientras esto ocurría, un guarda jurado se paseó lentamente por la sala, como si desfilara por la pasarela Cibeles, exhibiendo su porra y su walkie, y se metió por un pasillo al fondo de la sala donde intentó sin éxito abrir una puerta. Ni corto ni perezoso pulsó el botón de su walkie para hablar con la central de operaciones secretas, solicitando la clave que debía marcar en un panel con números para poder abrir la maldita puerta, que estaba todo el mundo mirando y la puerta sin abrirse después de darle cuatro tironazos. Este señor dejó bien claro su nivel mental al ir diciendo en alto, justo al tiempo que pulsaba los botones, uno por uno, los números de la clave para abrir la puerta. Suerte que nadie tenía interés en ver qué había detrás, que si no....Frente a nosotras se encontraba una señora, que llevaba, según nos dijo sin preguntarle nada, siete horas esperando diagnóstico. Quiero dejar claro que no me gusta criticar a la gente por su físico, porque eso supone que no tienen nada importante que criticar, pero, teniendo en cuenta que no es mi intención hacer crítica alguna, sino, tan sólo, contar lo que allí pasó, pues, la verdad, me resulta imposible pasar por alto esa Venus de Willendorf, con la cara de Benny Hill, y privar al escenario de sus adornos principales, dignos de un Goya. Qué digo Goya, de un Oscar de esos que hacen historia, que se comenta por los siglos de los siglos, como el relato de las hormigas, que dejo para otro día, no sea que esto me salga por dos tomos. La señora Venus estaba tan desesperada que se dedicaba a indagar en las miserias de todo el que pasaba por allí. Eso, hasta que llegamos nosotras y nos colocó como objetivo de su siguiente hora de espera. No dejaba de mirarnos con sonrisa exagerada intentando provocar una conversación que fuimos evitando hasta que, cansada de nuestras estrategias de escapismo, se lanzó al ataque y tras preguntar si estarían preocupados nuestros maridos y obtener risas por respuesta, decidió que éramos gente rara y seguro que no teníamos, así que, en un momento de silencio de la sala, la mujer nos gritó "niñas, lo que tenéis que hacer es buscarse un marido". Mientras ahogábamos una carcajada que habría provocado nuestra inmediata expulsión de aquella sala, por aquel avispado guarda jurado dispuesto para la acción, los ojos y las cejas se nos subieron simultánea y vertiginosamente hasta las plaquetas del techo, como si se nos acabara de cagar un pájaro. La señorita Pepi's casi se desmaya de nuevo, la lirios casi se cae de la silla, yo no sé cómo acabé sentada de medio lado y, para colmo, la niña de las hormigas se escondió detrás de su móvil y empezó a soltar comentarios de los suyos que nos obligaban a no mirar a la mujer para no morir de la risa. Ay madre, que cumpleaños más original. Hasta coraje nos dió que aquello se acabara cuando llamaron a la señorita Pepi's para decirle que todo estaba bien y que podía marcharse sin tratamiento ni nada. Si es que no hay mejor cura que la risa. Salimos de aquella película y nos fuimos a seguir celebrando el cumpleaños. Eso sí, me quedé con las ganas de decirle a la venus que lo que ella debía hacer era buscarse un potente Neptuno, recién salido del agua, con el torso mojado, que la pusiera mirando para las ermitas y después la atravesara con su tridente y la dejara clavada en la pared.

jueves, 10 de marzo de 2016

In nomine

Se me murió el cepillo de dientes eléctrico como consecuencia de la obsolescencia programada, esa terrible artimaña de fabricantes sin piedad, que no te deja tiempo suficiente para cogerle cariño a tus cosas y así deshacerte de ellas sin miramientos, incluso con la ilusión de dar entrada a algo nuevo en tu vida, aunque sea un cepillo de dientes. Así que enfilé al centro comercial más cercano, confiando en que tendrían más variedad que un pequeño comercio, y qué puñetas, porque tienen mejores precios y, sobre todas las cosas, me dejan devolver lo que compro sin problemas ni preguntas, y el arrepentimiento es un valor en alza que pronto cotizará en bolsa, como las acciones de Bankia.
A lo que iba, que me enrollo sin querer. Me acerco al estante de los cepillos y allí estaban todos, tan bien colocados en sus cajitas, que parecían los soldados de siam. Elijo marca, por ir descartando, y me pongo a investigar las características técnicas de los cepillos, sin perder de vista los precios, que eso ayuda mucho a decidirse, y conforme voy leyendo se me empiezan a arquear las cejas por efecto del alucine que me entra al leer los nombres de los cepillos. Dí dos pasos atrás pensando que me había equivocado de estante y que, por mucho que aquellos palitos de colores parecieran cepillos de dientes, eran, en realidad, merchandising star wars. Pero no, allí lo ponía bien claro, "cepillos de dientes eléctricos". Pero vamos a ver, no es posible que un cepillo de dientes se llame Trizone, que parece que te va a ocupar tres paredes del cuarto de baño, o que se llame Oxyjet, como si fuese una máquina de oxígeno voladora, o, ya esto es el colmo, Cross Action con conectividad bluetooth, ¿Eso para qué es?, que parece que pones el bluetooth en el móvil y le lavas los dientes a tus contactos. Desconcertada me pasé al estante de las aspiradoras, por ver si encontraba un poco de cordura en estos extraños bautizos. Ohhhh noooo, fue aún peor, Megane 3G Eco Turbo, Civic 2500, Exeo 2500, Yaris 2500. Vamos, que sólo  les faltaba poner si eran diesel o gasolina. A esto que se acerca un señorito muy mono, que me dice ¿puedo ayudarle señora? Pues sí, le dije, ¿tú cómo te llamas? José Manuel, me dijo. Le solté una carcajada y le dije mientras me marchaba, ¡anda ya!.

domingo, 7 de febrero de 2016

Invierno azul

No se si es este cálido  invierno, o si el insólito panorama político, hacen que constantemente evoque aquel verano azul, tan español. Recuerdo a sus personajes como me da la gana. Quiero decir con esto que cualquier parecido con la serie, quizás,  sea pura casualidad, pero como son mis recuerdos... Ese bonito pueblo andaluz, con esa paradisíaca playa, donde figuraban empadronados Chanquete, el pescador jubilado, y Julia, la pintora moderna, que vivían plácidamente, alejados del mundanal ruido, hasta que, de repente, (aunque esto se veía venir), aterrizan en el pueblo una panda de pijillos urbanitas, dispuestos  a enseñarles a aquellos catetos pueblerinos lo que vale un peine. Venían a comerse el mundo, pero sólo  alguno se comió  una rosca y con mucho trabajo. Qué verano más largo, por dios, bicicleta para arriba, bicicleta para abajo, amores y desamores, el piraña devorando helados, el pequeño Tito chivándose de todo, y el pobre Pancho, más negro que un tizón haciendo eso, de pobre, marcando la diferencia y tratando de demostrar que es posible la amistad entre ricos y pobres. Chanquete acabó muriendo. Creo que le dio un infarto. Pero eso fue después de que, por culpa de la cláusula suelo, intentaran quitarle su barco-casa. Suerte que los pijillos, capitaneados por Pancho, que era del pueblo, hicieron de pioneros de la plataforma stop desahucios, y abortaron la operación. De paso se montaron un par de escraches por el pueblecito, poniendo a todo el mundo de rebomba, como si se hubiera adelantado la feria real. En fin, mira, llegó un momento en que yo ya deseaba que empezara el cole y se acabara el verano, el verano azul, el rojo, el morado y el naranja. Y así estoy ahora otra vez, quién me lo iba a decir, que sueño con los exámenes, el recreo y las cartillas Rubio. Esto no es normal, de verdad.

sábado, 23 de enero de 2016

Encuentros en la tercera fase

El congreso parece una reunión de la comunidad de vecinos eligiendo el color de los toldos, con todos los componentes típicos de estas reuniones, la vecina rabalera, el vecino siniestro, el presidente autonombrado, el moroso y la que boicotea siempre la unanimidad y va buscando peleas por los rellanos. Por su parte, el senado, como siempre, es el casino mercantil de cualquier pueblo, donde van los jubilados que viven de las rentas a echar sus partidas de dominó, ajenos al mundo real y convencidos de que se merecen su pingüe situación. Qué panorama más chungo.
Recuerdo a una señora de mi pueblo, a la que por cierto llevo mucho tiempo sin ver, que una vez, comentando cosas de su barrio, me dice: yo me voy todas las tardes a andar un rato, mientras mi marido se queda en la moncloa. Al preguntarle qué era eso de la moncloa, me explica que es el parque que hay en su barrio, donde se reúnen todos los viejos a arreglar el mundo. Qué ingenioso. El nombre le venía que ni pintado a esa peña sin local, que se reúnen frecuentemente para hablar de los problemas del mundo y no resolver absolutamente nada. Visto así, no hay plaza que se precie que no tenga su propia moncloa, como un comité de sabios, víctimas de la crisis (de valores) que los coloca en el olvido y la indiferencia.
Y a pesar de las semejanzas que podríamos encontrar con la Gran Moncloa, existen un montón de diferencias: la moncloa de mi pueblo está al aire libre y nadie se queda allí a vivir. Sus  asientos son duros y sin espaldar y los tienes que compartir con otras personas y además, si te distraes, pierdes el sitio. Las pensiones de una y otra moncloa varían por un par de ceros nada más, y nada menos. En la pequeña moncloa la entrada es libre, no precisas invitación. No hay protocolos, ni turnos para hablar. Cada uno dice lo que le da la gana, cuando le da la gana, y los demás replican o pasan completamente del orador. No hay móviles ni tablets que te distraigan de lo que realmente importa, intercambiar opiniones a destajo, sin miedo porque no hay nada que les pueda empeorar su situación, ni sus opiniones empeoran la situación de nadie. Y cuando terminan las sesiones, nadie espera a su coche oficial, cogen su bastón y para casa a ver el telediario para enterarse de los problemas del mundo y comentarlos mañana en la sesión ordinaria. Nadie echa a los inquilinos de las pequeñas moncloas. Se van un día y, a veces, nunca vuelven. 
Qué absurdo, ¿no? La Gran Moncloa digo.